
Según el informe «Goalkeepers» de la fundación Gates, en 2024, la cifra de menores de cinco años que perdieron la vida fue de 4,6 millones. No obstante, las proyecciones para 2025 rompen con la tendencia descendente de las últimas décadas de manera que se estima que la mortalidad aumentará en más de 200.000 casos, alcanzando los 4,8 millones de decesos anuales. Este incremento, equivalente a la desaparición simbólica de 5.000 aulas escolares antes siquiera de que sus ocupantes aprendan a escribir, no responde a una súbita mutación patológica, sino a un fallo estructural y el aumento de la pobreza infantil en el mundo.
La raíz del problema se halla en un diseño macroeconómico donde el capital precede a la salud. Actualmente, se observa que un número creciente de países se ve obligado a destinar mayores partidas presupuestarias al servicio de la deuda externa que a la inversión en salud o educación. Esta asfixia financiera no es un fenómeno aislado, sino un mecanismo que limita la capacidad de los estados para mantener infraestructuras esenciales.
Se reporta, asimismo, que las causas de estas muertes son, en su mayoría, evitables mediante intervenciones estructurales básicas. Enfermedades como la neumonía, las infecciones diarreicas y las complicaciones neonatales siguen siendo los principales verdugos. Sin embargo, la prevalencia de estas patologías está directamente ligada a la precariedad de los sistemas de atención primaria y al acceso desigual a innovaciones que, en su mayoría, no se despliegan de forma universal por criterios de rentabilidad o falta de solvencia estatal.
El escenario a largo plazo resulta aún más alarmante si se mantienen las tendencias actuales. Los modelos estadísticos sugieren que, ante una reducción del 20% en el flujo de fondos globales, la cifra de muertes adicionales de menores de cinco años podría ascender a 12 millones para el año 2045. Si esa reducción alcanza el 30%, la proyección de decesos adicionales se eleva a 16 millones. De esta manera, estas cifras demuestran que el sistema no está diseñado para la resiliencia, sino que es extremadamente vulnerable a las fluctuaciones del capital externo.
Fuente: Diario Socialista.






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