«A veces necesitas un dictador»: La confesión de Trump en Davos y la realidad de un imperio sin freno

Una portada de una revista eslovaca definía recientemente a Donald Trump con una precisión aterradora: no es una anomalía, es el líder de un imperio decadente pero letal. Un líder con poder suficiente para decidir quién come, quién migra y quién vive, al servicio de un «dios dinero» que ve a los pueblos como fichas sacrificables. Lejos de ser una crítica externa, esta descripción fue validada por el propio Trump en el Foro Económico Mundial de Davos, donde el magnate estadounidense terminó por reconocer su verdadera naturaleza y sus intenciones globales.

Ante los líderes empresariales y políticos del mundo, Trump no solo reivindicó su autoritarismo, sino que lo justificó bajo una premisa de «necesidad». Con una arrogancia que confunde la protección con la posesión, afirmó que Estados Unidos es el único país capaz de defender a Groenlandia, recordando que Dinamarca no pudo hacerlo durante la Segunda Guerra Mundial. Bajo su lógica, el mundo debería hablar alemán o japonés si no fuera por el «salvador» estadounidense, un relato histórico que busca justificar su derecho de pernada sobre cualquier territorio que considere estratégico.

Pero la revelación más inquietante de su intervención en Davos no fue su deseo de comprar Groenlandia para construir su «Cúpula Dorada», sino la confesión implícita sobre la agresión contra Venezuela. Trump prácticamente reconoció que su ataque militar contra Venezuela, pretendía exhibir el poderío militar estadounidense.

En este escenario, Trump ha dejado de lado las diplomacias sutiles para abrazar abiertamente el papel de «dictador mundial». Él mismo lo ha dicho, con una franqueza que debería alarmar a la comunidad internacional: «Me dicen que soy una persona horrible y que soy como un dictador… pero, realmente a veces necesitas un dictador».

Para Trump, ese «dictador» es necesario para imponer un orden donde los aliados son meros subordinados que deben pagar por su seguridad («no necesitamos simplemente aliados, necesitamos aliados fuertes») y donde los conflictos no se resuelven no por la justicia, sino por la voluntad de quien tiene la fuerza.

La pregunta ya no es si esto es barbarie, porque lo es. La pregunta es cuántas veces más miraremos la sangre que mancha las manos de Trump —desde Irán y Nigeria hasta Venezuela— y le llamaremos «política exterior». Trump se reconoce como el dictador que el imperio necesita para mantener su hegemonía en decadencia; lo que queda por ver es si el mundo acepta ser su rebaño.

Por Cuba por Siempre.

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