
El «mal menor» es un viejo recurso de todo reformismo. En estos momentos está latente en cualquier discurso social-liberal pero, para no dejar dudas sobre su naturaleza, se muestra muy activo en periodos pre-electorales como un mecanismo para aglutinar bajo una sola papeleta corrientes diversas e incluso contradictorias del espacio político de la «izquierda» y del «andalucismo». Poco importa el tamaño de las contradicciones a las que dé lugar ya que la tesis del «mal menor» siempre la esgrimen fuerzas con mayor implantación institucional, que se garantizan controlar el rumbo de la nave. En todo caso es un viejo problema de las épocas históricas regresivas sobre el que Gramsci reflexionó tan lacónica como lúcidamente desde una prisión musoliniana hace más de 70 años:
El concepto de mal menor es uno de los más relativos. Enfrentados a un peligro mayor que el que antes era mayor, hay siempre un mal que es todavía menor aunque sea mayor que el que antes era menor. Todo mal mayor se hace menor en relación con otro que es aún mayor, y así hasta el infinito. No se trata, pues, de otra cosa que de la forma que asume el proceso de adaptación a un movimiento regresivo, cuya evolución está dirigida por una fuerza eficiente, mientras que la fuerza antitética está resuelta a capitular progresivamente, a trechos cortos, y no de golpe, lo que contribuiría, por efecto psicológico condensado, a dar a luz a una fuerza contracorriente activa o, si ésta ya existiese, a reforzarla. [Quaderno, 16 (XXII)]






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