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George Jackson y los guerrilleros negros

SANGRE EN MI OJO.PRÓLOGO a la primera edición en Castellano.

GEORGE JACKSON Y LOS GUERRILLEROS NEGROS

Estudio preliminar

PREFACIO a la Primera Edición

1.– SANGRE EN MI OJO

1.1. Carta a un camarada

1.2. El esclavo y la revolución

2.– LA MENTALIDAD AMERIKANA

3.– LA JUSTICIA AMERIKANA

3.1. Por el Frente Único

4.– DESPUÉS DEL FALLIDO INTENTO DE REVOLUCIÓN

4.1 Sobre la retirada

5.– FASCISMO

5.1. Clases en guerra

6.– EL CONTRATO OPRESIVO

*

PRÓLOGO A LA PRIMERA EDICIÓN EN CASTELLANO1

«Ametralladora en mano, fue libre por un instante.»2

Estas son palabras de George Jackson dedicadas a su hermano Jonathan asesinado en junio de 1970, pero el mismo George fue muerto a tiros en la prisión de San Quentin el 21 de agosto de 1971. En aquellos años, la dictadura franquista reprimía las ansias de libertad nacional y de clase de Euskal Herria y en especial a las y los militantes de la organización Euskadi Ta Askatasuna (ETA). Sus prisioneros empezaban a llenar las cárceles y aumentaba la lista de exiliados, superando ampliamente a los de otros partidos y organizaciones.

Las palabras de George Jackson dedicadas a su hermano tienen una carga conceptual que sintetiza siglos de resistencia humana contra la explotación y por ello son un concentrado teórico perfecto también en el plano ético y filosófico profundo: ¿qué es libertad y qué relación tiene con las armas? ¿Y con la guerra? En Euskal Herria se hablaba y se practicaba sobre armas, libertad y guerra desde hacía tiempo, y sin recurrir a artículos, documentos y libros clandestinos, sí tenemos como referente aquél excelente texto colectivo Euskadi Guduan de 1987. Ahora bien, otras preguntas obligadas son ¿de qué guerra se trata? ¿De qué libertad hablamos: la del opresor o la de los y las oprimidas? Yendo al núcleo del problema, debemos recurrir primero por orden cronológico a Lenin: «Una clase oprimida que no aspirase a aprender el manejo de las armas, a tener armas, esa clase oprimida sólo merecería que se la tratara como a los esclavos.»3.

Después a Mao:

«Es necesario que cada soldado, cada ciudadano, comprenda para qué es preciso combatir, qué relación tiene la guerra con él personalmente. El objetivo político de la Guerra Antijaponesa es la expulsión de los imperialistas japoneses y la creación de una nueva China en libertad e igualdad […] la sola explicación del objetivo de la guerra no es suficiente; es preciso también explicar las medidas y la política encaminadas al logro de este objetivo. Y esto significa que es necesario un programa político […] ¿cómo efectuar pues la movilización? A través de las intervenciones orales, octavillas y edictos, periódicos, folletos y libros, teatro y cine, la escuela, las organizaciones populares de masas y los cuadros. […] no es suficiente la movilización de una sola vez […] debe llevarse permanentemente. Nuestra tarea no consiste en recitar al pueblo el programa político, pues tal recitación nadie quiere escucharla. La movilización política es preciso ligarla a la marcha de la guerra, a la vida de los soldados y del pueblo sencillo, es preciso convertirla en una campaña permanente»4.

Por último, debemos recurrir a Alfonso Sastre: «se llama terrorismo a la guerra de los débiles, y guerra –y hasta “guerra limpia”– al terrorismo de los fuertes.»5.

Desde la implosión de la URSS se incrementa el número de violencias y guerras de diversas intensidades que proliferan por el mundo. La tercera Gran Depresión iniciada en 2007 no ha hecho sino aumentar las contradicciones capitalistas que avivan las guerras y los fascismos. Como veremos en el libro que aquí prologo, la militancia de Panteras Negras en voz de George Jackson, era consciente de que el imperialismo yanqui se acercaba a una severa crisis que agraviaría y aceleraría el desarrollo del fascismo.

Su actualidad, por tanto, es triple: una, porque nos explica con rigor admirable lo que entonces ocurría; otra, porque esa explicación nos hace recordar la «guerra vasca», la naturaleza científicamente inhumana de las cárceles de exterminio, los crímenes policiales, la función de la burocracia judicial y de la prensa, etc.; y por último, porque es una base histórica imprescindible para entender la brutalidad imperialista presente.

Sólo no queda agradecer al colectivo El Sudamericano que haya publicado online por primera vez en lengua española el libro de George Jackson Sangre en mi ojo.6

La dialéctica entre arma y libertad es tan antigua como la supervivencia humana, de hecho la antropogenia es inseparable de ella: las primeras herramientas eran polivalentes, para la defensa, el ataque, la recolección y las tareas necesarias, el desollamiento de animales, etc. Carecemos de datos fehacientes para hablar con seguridad sobre las primeras violencias en el Paleolítico inferior, sólo podemos imaginar los ataques necesarios para aplastar cráneos y huesos, para exterminar grupos humanos y para apresar seres humanos que serían canibalizados.

Sí podemos hacernos una idea cada vez más precisa de la evolución que va de las sociedades sin Estado a los Estados tributarios pasando por las sociedades igualitarias, de rango y estratificadas en clases sociales antagónicas7. El proceso que va de las violencias paleolíticas a la «guerra antigua», así como el movimiento de la dialéctica entre las libertades y las armas, está determinado por el lento desarrollo de las formas de propiedad privada que van destrozando a las formas de propiedad comunal, o del comunismo originario.

Y. Garland nos da esta explicación de las formas de «guerra antigua» anterior al desarrollo de los primeros Estados tributarios:

«La guerra toma el aspecto de una razzia en los límites territoriales o de una operación de piratería marítima, terminadas ambas con la consecución del botín […] De modo que todo transcurre como si existiera un acuerdo tácito que circunscribía los actos de hostilidad dentro de unos límites distintos de las comunidades políticas; al decir de los viajeros antiguos, muchos pueblos africanos, americanos o de Oceanía, vivían en un estado de microguerra o de pseudopaz, robándose los bueyes, organizando sangrientas emboscadas y secuestrándose mujeres mutuamente, pero sin encontrar nunca motivos para un enfrentamiento total»8. Otras investigaciones llegan a la misma conclusión sobre la pseudopaz: podemos decir que las «sociedades primitivas estaban permanentemente en guerra y permanentemente en paz»9.

Un estado permanente de «guerra sin guerra y paz sin paz» genera un clima ideológico sobre la simbología de las armas que el historiador F. Gracia Alonso define así en su libro sobre la Protohistoria:

«Debemos recordar que entonces el valor social de las armas radicaba en que eran el «símbolo de la libertad y la independencia como individuo y como integrante del grupo»10. Es decir, cada grupo humano comprendía desde y para sus específicos intereses colectivos la dialéctica entre libertad, armas y guerras, dialéctica en la que la unidad y lucha de contrarios operaba de manera cruda y despiadada: secuestrar mujeres, por ejemplo, la primera forma histórica de esclavitud para maximizar su explotación como «simple instrumento de producción»11.

Estas son palabras atribuidas a Gengis-Khan:

«El mayor placer es el de vencer al enemigo, expulsarle, sustraerle sus bienes, ver bañados en lágrimas a los seres que le son queridos, montar sus caballos, apretar en vuestros propios brazos a sus mujeres y sus hijas»12.

Aunque son palabras del siglo XIII, resumen la continuidad histórica de la primera forma de esclavitud: La esclavitud fue creciendo a la par de la propiedad privada, es decir de la formación de los primeros Estados en los que la explotación, la pobreza y el hambre golpeaban a las clases desposeídas. Las clases dominantes y propietarias empezaron a prohibir el uso de armas a las clases y pueblos esclavizados, empezando por las mujeres. Autores sostienen que:

«La guerra se trata frecuentemente como una forma de caza, dentro de lo cual las incursiones para conseguir ganado o mujeres, o simplemente por el placer del combate, conforman el tipo más común de la guerra tribal; tampoco son desconocidas las prácticas de conquista o exterminio de tribus enemigas […] Sin embargo, a partir del año 9000 a.C., con la aparición de los estados agrícolas sedentarios, la guerra cambió de forma, con estados jerárquicos y disciplinados que alumbraron ejércitos igualmente disciplinados y jerárquicos. Por otra parte, la posesión de territorios permanentes que defender o conquistar conllevó la necesidad de batallas a mayor escala en las que el ejército derrotado era destruido para asegurar el dominio del territorio en disputa»13.

Avanzando del -9000 al -2550, el historiador Nick Sekunda nos aclara algo que tiene todo que ver con la dialéctica entre la libertad y la guerra, las armas, en el imperio persa:

«La mayoría de las naciones del imperio hacía tiempo que habían dejado de proporcionar instrucción militar a sus jóvenes, de acuerdo con la política persa. Tras la conquista de Lidia, por ejemplo, se anuló cualquier tipo de instrucción militar, y en muy poco tiempo los lidios perdieron todo espíritu de revuelta. Incluso en el caso de querer resistir al imperio no hubieran sabido cómo hacerlo. Así pues, la mayoría de los mercenarios tendían a reclutarse de naciones que todavía permanecían “libres”. En la antigüedad esta palabra se podía usar casi como sinónimo de cualquier sociedad que proporcionara alguna forma de instrucción militar organizada a su juventud»14 .

Por la misma época, los esclavos tenían prohibido el empleo de armas para impedir sus posibles resistencias. Los amos recurrían a toda serie de tácticas y trampas para descubrir sus planes y aplastarlos cuanto antes. Tucídides detalla cómo los espartanos se adelantaron a la práctica de las desapariciones forzadas tan apreciada por los ejércitos reaccionarios actuales: lo amos prometían a los esclavos que si abandonaban la clandestinidad para organizarse y aceptaban su situación, serían premiados; unos dos mil creyeron la promesa, siendo agasajados en una fiesta «como si fueran hombres liberados; pero poco después los espartanos los hicieron desaparecer y nadie sabe cómo murió cada uno de ellos»15. Las clases y naciones explotadas, esclavizadas, no tenían ni tienen derecho a sus propias armas, las que pueden asegurar su libertad y si se arman y preparan en la clandestinidad para sublevarse, entonces son aplastadas sin piedad.

El historiador F. Gracia Alonso es de la misma opinión que Sekunda y corrobora la idea básica de Tucídides:

«Las sociedades antiguas conocían a la perfección el «valor social» de las armas y por eso imponían el desarme físico y mental a los pueblos vencidos: como hicieron los romanos en las guerras contra los pueblos de la península ibérica bien con amenazas bien directamente cortando las manos a los jóvenes con capacidad de empuñarlas. De este modo Roma logró el «desmembramiento del sistema político ibérico en el noroeste» de la península.»16.

Persia, Grecia y Roma eran potencias explotadoras, crueles y exterminadoras de los pueblos que no se dejaban dominar. Los crímenes de Roma son incalculables como lo son los millones de muertos que causaron con sus legiones que también desmembraron el sistema político y social de buena parte de la Galia, por citar otro ejemplo. La cultura romana asumía que ‘Quoi servi, tot hostes’ («Todos los esclavos son enemigos»)17 porque la experiencia de siglos de esclavismo mediterráneo y asiático occidental así lo confirmaba, y también les enseñaba que no hay que dejar que el enemigo se arme.

Aquí debemos detenernos un instante en otra cuestión que aparece frecuentemente en el libro de George Jackson y es esencial para comprender la continuidad de las luchas contra la explotación a pesar de los siglos que puedan separarles: Marx admiraba a Espartaco18, principal dirigente de la rebelión esclava en la Roma del -71. Toda lucha radical, armada, en pos de la libertad genera simpatías entre los y las oprimidas que pueden durar siglos y que refuerzan la conciencia y la memoria de la libertad.

Los siglos posteriores a la caída de Roma también confirman y agravan la verdad de que todos los esclavos son enemigos, al mismo tiempo confirma que las clases explotadas, el campesinado y el artesanado, los pueblos hasta entonces libres y sobre todo los mal llamados ‘bárbaros’, son enemigos. Más aún, las naciones que quieren independizarse son enemigas del Estado que les ocupa y oprime nacionalmente. Estos pueblos que anhelan su independencia, como Suiza a finales del siglo XV, debieron armarse por su cuenta para derrotar al ocupante. Maquiavelo lo certificó diciendo que «Los suizos son muy libres porque disponen de armas propias»19.

Pero ya desde el final de la Edad Media comenzó una estrategia sostenida hasta el siglo XXI para imponer la «pacificación» de las violencias cotidianas, sexuales, etc., de la juventud masculina poniéndolas al servicio del Estado. R. Muchembled20 ha analizado esta estrategia pero sin tocar para nada las contradicciones sociales entre opresores y oprimidos, sin hacer ninguna referencia a las contradicciones socioeconómicas, políticas, nacionales e internacionales que determinan el uso de la violencia defensiva y justa frente a la violencia injusta y opresora.

Libertad y armas, he aquí la dialéctica que estamos exponiendo muy brevemente desde el principio siguiendo las palabras de George Jackson. Pero queremos acabar este Prólogo haciendo honor a la lucha de las poblaciones africanas esclavizadas por europeos para seguir la lógica de Lenin de quien no aprende a defenderse merece ser esclavizado. La primera referencia constatada en español sobre una resistencia de esclavos que hemos encontrado, se refiere al motín de 235 mujeres, hombres y niños africanos al desembarcar el 8 de agosto de 1444 en el puerto de Lagos, Portugal. Era el primer barco negrero que llegaba a Europa, según un testigo:

«Cuando los niños asignados a un grupo veían a sus padres en otro distinto, daban un salto y salían corriendo hacia ellos; las madres estrechaban a sus hijos en los brazos y se tendrían sobre el suelo, aceptando las heridas con desprecio del padecimiento de sus carnes con tal de que sus niños no les fueran arrebatados»21.

Los primeros esclavos negros fueron introducidos Nuestramérica en 1511 y su primera sublevación reportada por escrito, es decir, constatada oficialmente, estalló en 1533 y en 1538 se dio otra sublevación en unión con indios cubanos y yucatecos, al igual que otras acaecidas en aquella época22. Allí donde pudieron conservar mal que bien sus referentes africanos comunes los esclavos crearon instituciones de autodefensa pacífica y festiva, no violenta, que se movían en el espacio incierto e inseguro del consentimiento blanco, siempre precavido y vigilante. Los amos no tuvieron más remedio que dar forma legal a esas autoorganizaciones para intentar desintegrar las resistencias pasivas y someter a los esclavos a las nuevas ordenanzas. Eran los Cabildos o Cofradías de comienzos de 1568.

Pero la habilidad de los esclavos bien pronto superó esta trampa mediante lo que Diana V. Picotti ha definido como «confraternización horizontal y subterránea» que fue superando las diferencias étnicas, culturales y religiosas, y crearon un sincretismo religioso y cultural23, una nueva identidad fuera de los controles y vigilancias de los amos. Frente a esto, la Corona española decidió a finales del siglo XVII marcar un sello oficial –marca de carimbo–, que se gravaba a fuego en la frente o espalda del esclavo a partir de los seis años de edad. Es cierto que el marcaje con hierro candente se hacía desde el inicio mismo de la trata de esclavos, pero desde la fecha citada la Corona oficializó esa brutalidad que no pudo contener ni las trampas de los esclavistas ni las resistencias de los esclavos24.

Pero cuando los métodos pacíficos no eran efectivos, surgían los métodos violentos, al menos así eran denominados por los esclavistas, sobre todo entre 1790 y 1845 como ha estudiado Gloria García25. G. La Rosa ha descrito la verdadera guerra de guerrillas de los esclavos organizados en palenques, en grupos relativamente reducidos de entre 20 y 50 hombres, casi nunca más, ante el que fracasaban reiteradamente las operaciones represivas llevadas a cabo por fuerzas especialmente preparadas. Alrededor de 1875 estas fuerzas especiales sólo pudieron certificar como destruidos el 17% de palenques entonces descubiertos y señalados, lo que muestra que la resistencia de los palenques fue lo suficientemente fuerte y eficaz como para vencer en el 83% de los enfrentamientos; y que existían otros palenques no localizados26.

Los esclavos libres sabían del colaboracionismo de otros esclavos, no de todos, y sobre todo del papel directamente represor de algunos libertos que participaban en las ofensivas militares contra los palenques a cambio de un sueldo27. Cuando los esclavos libres atacaban las haciendas no dudaban en provocar a los «esclavos obedientes»28, pero también tenían relaciones secretas con otros esclavos y con los libertos para organizar sublevaciones. Pero muchas eran descubiertas por los amos gracias a alguna delación, como fue el caso del intento de agosto de 1837 en la hacienda Ojo de Agua del partido de Tiguabos29.

Hemos querido terminar con este Prólogo recordando una pequeña pero ilustrativa parte de la larga historia de resistencia contra la explotación esclavista sostenida desde 1533 aunque es muy probable que hubiera habido otras en los 22 años previos aunque no se conserven documentos que lo atestigüen. Lo hemos hecho para demostrar la continuidad entre aquellas luchas por la libertad y las actuales, y para mostrar también la valía y la actualidad del libro que prologamos.

*

GEORGE JACKSON Y LOS GUERRILLEROS NEGROS

Estudio preliminar

SOBRE EL PREFACIO

Gregory Armstrong escribió en octubre de 1971 el Prefacio a la edición en inglés del libro que aquí prologamos. En palabras de Armstrong:

«Este libro fue escrito literalmente en medio del caos, con el autor encerrado en aislamiento durante un mínimo de veintitrés horas y media al día, en medio de gritos estridentes que nunca cesaban: los gritos de los presos que eran golpeados, los gritos de los hombres que se refugiaban en la locura para escapar de un dolor intolerable.» (p. 61).

El trato inhumano dado a George era el reservado a los prisioneros que la justicia imperialista y racista yanqui necesitaba exterminar:

«Una celda de 6 por 8 sin protección contra la lluvia, privado de todo lo necesario para asearse, obligado a comer entre el hedor y la suciedad causados por sus propios desechos corporales, con permiso para lavarse las manos solo una vez cada cinco días y obligado a dormir sobre una rígida lona colocada directamente sobre el frío suelo de celda.» (p. 56).

Gregory Armstrong nos dice que George Jackson se sentía ya condenado a muerte sin juicio previo porque su militancia en la cárcel era un peligro para el sistema penitenciario ya que concienciaba y radicalizaba a muchos reclusos que le admiraban:

«Dentro de la prisión, George practicaba un tipo muy especial de devoción y amor. Cuando los convictos hablan de él, suelen utilizar el término “de Verdad”.» (p. 56).

La prisión conocía su creciente prestigio entre los reclusos y por ello lo aislaban meses enteros en las celdas de exterminio psicofísico parecido a la llamada «tortura blanca» que se practica en tantas prisiones, como hemos visto. También por ello organizaban intentos de asesinato a manos de reclusos a los que prometían mejoras en sus ya duras condiciones si acababan con su vida, lo que le obligaba a estar en permanente alerta ante cualquier indicio de agresión y peligro: «diez años bloqueando puñaladas y los mangos de las picos de cerdos sádicos» (p. 61).

Armstrong también nos hace saber que

«En prisión, el compromiso con la revolución tiene un significado especial y un precio especial. Ser identificado como revolucionario por las autoridades penitenciarias significa una denegación casi permanente de la libertad condicional, la separación de los demás presos, el aislamiento (normalmente en los pabellones de máxima seguridad de la prisión), los traslados de una prisión a otra, las palizas, la mala comida. Te hace sufrir toda la fuerza punitiva y represiva de un sistema completamente totalitario.» (p. 56).

Armstrong es concluyente, aprovechando un fuerte conflicto provocado en la prisión que terminó con una muerte:

«Las autoridades penitenciarias acusaron a George porque, según sus propias palabras, «era el único que podía haberlo hecho». Con su poder absoluto sobre la población reclusa –el poder de la libertad condicional, el aislamiento, el poder de vida o muerte– estaban seguros de que podrían obtener el tipo de testimonio que necesitaban cuando llegara el juicio.» (p. 58).

Al final, el poder planeó y ejecutó un asalto armado:

«Los convictos que estaban con él dentro del bloque de celdas donde estaba recluido han afirmado que sacrificó su propia vida para salvarlos de una masacre oficial» (p. 62).

Este es el contexto opresivo y peligroso, amenazante, en el que George empezó a estudiar el marxismo, a leer a otros muchos autores y a escribir sus pensamientos. Para Jackson, escribir un libro era lo mismo que crear un arma revolucionaria con odio y amor perfectos:

«Lo que veía y lo que quería, la pasión central de su vida, era la guerra, la guerra revolucionaria del pueblo contra sus opresores, una guerra que surgió del «amor perfecto y el odio perfecto» (p. 55).

¿Guerra revolucionaria? ¿Amor y odio revolucionario, perfecto? ¿Cuál es la dialéctica entre revolución, odio y amor? La respuesta a estas y otras preguntas sólo se comprende si vemos la amplitud y rigor de sus lecturas:

«Conocí a Marx, Lenin, Trotsky, Engels y Mao… y ellos me redimieron. Durante los primeros cuatro años, no estudié nada más que economía e ideas militares. Conocí a los guerrilleros negros, George «Big Jake» Lewis y James Carr, W. C. Nolen, Bill Christmas, Tony Gibson y muchos otros. Intentamos transformar la mentalidad criminal negra en una mentalidad revolucionaria negra.» (p. 56).

Armstrong sigue citando a Jackson:

«“He estado rebelándome toda mi vida. Simplemente no lo sabía”. Las ideas sociales de Marx y otros les permitieron sentirse miembros de la comunidad humana, miembros de una hermandad revolucionaria […] No fue el único en hacer este descubrimiento. Al mismo tiempo, otros presos empezaban a descubrir a Marx, Fanon y Mao, quienes les proporcionaron una nueva forma de verse a sí mismos y a su lucha: un nuevo estándar de juicio moral.» (p. 56)

Parafraseando a George Jackson: no sabía que era –éramos– un rebelde hasta que estudié –estudiamos– el marxismo; no sabía que mis –nuestras– acciones eran objetivamente revolucionario hasta que no tuve –tuvimos– conciencia subjetiva gracias al estudio de la crítica comunista de la economía burguesa y de la guerra injusta, imperialista.

Una de las características centrales del marxismo es que surge y resurge no en los medios universitarios oficiales, en la industria de la educación y en las aulas académicas, o sea, hablamos del marxismo universitario, académico, legal y subvencionado incluso por la burguesía progre, sino en medio de la lucha, en duras condiciones de empobrecimiento, carestía de medios y de tiempo por las limitaciones y cansancio que impone la explotación social, de represión carcelaria como es el caso de G. Jackson. Los textos más influyentes para la emancipación humana se han producido en estas o en peores condiciones como los escritos en la clandestinidad y en medio de guerras.

Peor aún, si estas dificultades más la alienación y el fetichismo de la mercancía, frenan y dificultan sobremanera la toma de conciencia del proletariado occidental, los obstáculos aumentan por la eficacia de las cadenas mentales y materiales racistas, patriarcales, religiosas, costumbristas, etc., que atan la subjetividad humana a la ideología reaccionaria y a la ética burguesa. G. Jackson era muy consciente de su demoledora efectividad paralizante y colaboracionista:

«Resuelvan sus disputas, únanse, comprendan la realidad de nuestra situación, comprendan que el fascismo ya está aquí, que ya están muriendo personas que podrían salvarse, que más generaciones morirán o vivirán vidas pobres y destrozadas si no actúan. Hagan lo que hay que hacer, descubran su humanidad y su amor en la revolución. Pasen la antorcha. Únanse a nosotros, den su vida por el pueblo.» (p. 61)

1.– SANGRE EN MI OJO

1.1. Carta a un camarada

En una carta a un amigo que debe permanecer en el anonimato de seguridad, Jackson critica severamente a quienes desprecian o minusvaloran la crucial importancia de la teoría en todas sus expresiones:

«Creen que no necesitan ideología, estrategia ni tácticas. Creen que ser guerreros es suficiente. Sin embargo, sin disciplina ni dirección, terminarán lavando coches o como cadáveres no reclamados en la morgue estatal de la ciudad. […] Es realmente molesto escuchar a los negros expresar ideales políticos tradicionalistas de derecha.» (p. 63).

El sistema penitenciario burgués es la quinta esencia desnuda de la multifacética doctrina represiva que la sociedad capitalista aplica en todas sus áreas y facetas. Tal realidad brutal cotidiana más el estudio sistemático del marxismo y los contactos que podía realizar mal que bien con la calle, además de su personalidad “rebelde”, facilitaron a Jackson una lúcida visión de las contradicciones y limitaciones del movimiento de liberación negro. La disciplina consciente y la dirección colectiva son imprescindibles en la calle y en la cárcel. Tanto en un lugar como en otro, un «guerrero», un «guerrillero negro» que actúe sin estrategia y sin tácticas está derrotado antes de empezar a luchar.

Sin ideología revolucionaria, muy probablemente esa persona nunca llegue siquiera a dudar sobre la mísera vida que le ha impuesto a la fuerza el capitalismo blanco a él y a su clase que sufre esa unidad de explotación social, racista y patriarcal. Al contrario, sin esa ideología asumirá inconscientemente y desde la primera infancia la ideología del explotador por el simple pero incuestionable hecho de que la ideología dominante es la ideología de la clase dominante.

Un poco más adelante y citando críticamente al Nechayev, Jackson afirma que «el revolucionario negro está doblemente condenado.» (p. 63), porque a la explotación blanca hay que añadirle la tarea a favor del poder racista que realizan reformistas e intelectuales negros, sin olvidar el papel de la CIA incrustada en lo más interno de ese sector. Tras citar a algunas de esas personas Jackson escribe lo siguiente en un lenguaje indirecto pero muy comprensible para quien domine los rudimentos de la clandestinidad: «algunos de los cuales han fallecido recientemente, gracias a las fuerzas del bien» (p. 63). Y le pregunta al destinatario anónimo de su carta:

«¿Has leído The Reluctant African, que era pura propaganda para el «dueño», disfrazada de cara negra? Estas son las personas realmente peligrosas. Cuando nos lancemos a destruir al «dueño», tendremos que luchar contra este tipo de negros. Utilizarán la táctica de las «causas blancas de izquierda» para proteger la «causa blanca de derecha» de sus jefes.» (p. 64).

Después de una muy necesaria referencia a la historia de África, a la que volveremos por su valor teórico, Jackson sigue escribiendo a su amigo:

«¿Sabes cómo vive la gente bajo estas culturas fascistas supuestamente africanizadas? El Congo y toda la costa occidental de África, excepto Guinea y Mauritania, siguen siendo estados esclavistas, dominados por títeres negros de derecha occidentalizados. Estoy completamente harto de los viejos Jess B. Simples (y también de los jóvenes). Serán tu principal fuente de oposición a la comunicación de las colonias negras aquí. Los «blancos buenos» que poseen cosas siempre les darán unos centímetros en sus periódicos u otros medios de comunicación. Así es como funciona el fascismo, influyendo en las masas y las instituciones a través de las élites.» (p. 64). «Los lacayos negros» (p. 64) son piezas claves en la dominación blanca.

Jackson escribe esto después de haber hecho una aportación decisiva al materialismo histórico:

«Debes enseñar que el socialismo-comunalismo es tan antiguo como el hombre; que sus principios formaron la base de casi todas las culturas de África Oriental (no existía ninguna palabra para denotar posesión en las lenguas originales de África Oriental). Las únicas sociedades africanas independientes hoy en día son socialistas. Las que permitieron que el capitalismo permaneciera siguen siendo neocolonias. Cualquier negro que defienda una dictadura militar africana es tan fascista como Hoover. (p. 64).

No podemos extendernos ahora en el debate sobre la dialéctica de la historia, sobre la linealidad obligada de los modos de producción y sobre si los pueblos no europeos están condenados a sufrir la evolución del capitalismo eurooccidental. Jackson, aunque de forma indirecta, sugiere que las relaciones sociales comunalistas, sin propiedad privada, pueden facilitar el avance al socialismo. Tal vez pensase que no podía extenderse al respecto en la carta a su anónimo amigo, pero que sí debía orientarle en las cuestiones decisivas. Por eso, tras denunciar a los lacayos negros que deliberadamente falsean la historia, escribe:

«Algunos de los argumentos que plantean se centrarán en el cliché desalentador de que “África inventará algo único, no será el socialismo, el comunismo ni el capitalismo”. A menudo omiten por completo la denuncia del capitalismo. Debes explicar el motivo económico de la historia social humana y destacar que solo hay dos formas en que las sociedades pueden ser gobernadas y organizadas para la producción de sus necesidades: los diversos tipos de métodos totalitarios representados por diversos arreglos capitalistas y fascistas, y el método igualitario. El igualitarismo es el gobierno del pueblo, y el gobierno del pueblo y la economía es el socialismo, dialéctico y materialista. ¿De qué otra manera se puede gobernar las sociedades? Debe haber jerarquías o la eliminación de las jerarquías. A continuación, demuestra que las mayores contribuciones al igualitarismo provinieron de África, los primeros y los más importantes ejemplos.» (pp. 65)

En 1970/71, en medio de grandes guerras de liberación, estas reflexiones reforzaban una poderosa corriente antiimperialista que iba más allá de lo político para entrar directamente en lo teórico y filosófico en su sentido fuerte: la dialéctica de la evolución humana mediante la lucha de clases y de emancipación de los pueblos: ¿está la historia determinada de antemano de modo que los y las explotadas debemos esperar pasivamente al desarrollo de las «condiciones objetivas» reducidas al determinismo económico implacable? ¿Dónde queda la libertad y el papel liberador de la violencia justa, revolucionaria?

1.2. El esclavo y la revolución

La praxis revolucionaria es la mejor escuela para conocerse uno a sí mismo y a los demás en medio de la lucha de clases. G. Jackson se ve a sí mismo como:

«Nacido para una muerte prematura, trabajador servil, con un salario de subsistencia, trabajador ocasional, el limpiador, el acorralado, el hombre encarcelado, sin fianza: ese soy yo, la víctima colonial. Cualquiera que apruebe hoy el examen de funcionario público puede matarme mañana. Cualquiera que aprobara ayer el examen de funcionario público puede matarme hoy con total impunidad. He vivido con represión cada momento de mi vida, una represión tan formidable que cualquier movimiento por mi parte solo puede traer alivio, el respiro de una pequeña victoria o la liberación de la muerte. En todos los sentidos de la palabra, en todos los sentidos reales, soy esclavo para, y de, la propiedad.» (p. 66).

Es significativo que Jackson empiece son esta autodefinición el capítulo que ocupa casi la mitad del libro, indicando así su importancia en el texto. Un capítulo además repleto de largas y sustanciales referencias a revolucionarios marxistas y a su hermano Jonathan con fundamentales ideas sobre la guerra de guerrilla urbana, sus métodos organizativos, las relaciones entre la necesaria clandestinidad y otras formas de lucha política, siempre mirando al nudo gordiano de la destrucción de la propiedad privada. Por eso, decir que «soy esclavo de la propiedad», es decir, que «somos esclavos de la propiedad», es tanto como bucear hasta el misterio último de humanismo marxista, de su ética. No sólo es denunciar la ley del valor, etc., sino que además es llegar al punto de la historicidad de la especie humana genérica. Hay que tener esto en cuenta para comprender el alcance teórico-filosófico de las siguientes palabras de Jackson:

«La revolución dentro de una sociedad capitalista industrial moderna solo puede significar el derrocamiento de todas las relaciones de propiedad existentes y la destrucción de todas las instituciones que, directa o indirectamente, apoyan las relaciones de propiedad existentes. […] Cualquier cosa que no sea esto es una reforma. El gobierno y la infraestructura del estado capitalista enemigo deben ser destruidos para llegar al corazón del problema: las relaciones de propiedad. De lo contrario, no es una revolución. […] El cambio revolucionario significa la expropiación de todo lo que posee el 1 % y la transferencia de estas propiedades a manos del 99 % restante.» (p. 67).

Por tanto, continúa Jackson:

«Para el esclavo, la revolución es un imperativo, un acto consciente de desesperación inspirado por el amor. Es agresiva. No es «cool» ni cautelosa. Es audaz, temeraria, violenta, ¡una expresión de odio gélido y desdeñoso! No puede ser de otra manera sin plantear una contradicción fundamental.» (p. 67).

Que nadie crea que Jackson es un voluntarioso anarquista aventurero que desprecia la teoría porque lo fundamental es algo parecido al imperativo kantiano o la temeridad alocada impulsada por el frío odio. No. Ya hemos visto arriba su insistencia en la ideología, en la organización, en la estrategia… Ahora vuelve a insistir en ello:

«La vieja guardia no debe dejar de comprender que las circunstancias cambian en el tiempo y el espacio, que no puede haber nada dogmático en la teoría revolucionaria. Esta debe nacer de cada lucha popular. Cada lucha popular debe analizarse históricamente para descubrir nuevas ideas. […] Nunca permitiremos que tácticas terroristas como el linchamiento surtan efecto entre nosotros. Si el terror va a ser el arma elegida, habrá funerales en ambos bandos. ¡Y que todo el complejo de poder enemigo sea consciente de ello! […] Nuestra pregunta es: ¿qué nivel de conciencia respaldará la actividad revolucionaria violenta necesaria para alcanzar nuestros fines? ¿Y cómo sabremos cuándo se alcanza ese nivel? Recordemos: nuestro Mao enseña que cuando la revolución fracasa, la culpa no es del pueblo, sino del partido de vanguardia. El pueblo nunca vendrá a nosotros y nos dirá: «Luchemos». Nunca ha habido revoluciones espontáneas. Todas fueron organizadas y construidas por personas que se pusieron al frente de las masas y las condujeron». (p. 71).

Más aún:

«El eslogan liberal «No debemos adelantarnos al pueblo» no tiene sentido. ¿Desde qué otra posición se puede liderar? ¿Desde la retaguardia? ¿Liderazgo de retaguardia? ¡¡¡Una típica innovación yanqui!!! Creo que la mayoría de estos eslóganes irresponsables se basan en el miedo, en un deseo secreto de evitar la incomodidad de la guerra popular. En todas las luchas de clases y guerras coloniales de liberación exitosas, los elementos de vanguardia se adelantaron al pueblo y lo impulsaron. No hay otra manera de liderar el movimiento de masas que hacia adelante». (p. 71).

Pero Jackson precisa inmediatamente después:

«No estoy insinuando que el partido de vanguardia desempeñe el papel del pueblo. No estoy insinuando una «asociación superior a la sociedad». No debemos olvidar nunca que es el pueblo quien cambia las circunstancias y que el propio educador necesita educación. «Ir hacia el pueblo, aprender del pueblo y servir al pueblo» significa realmente que debemos averiguar exactamente qué necesita el pueblo y organizarlo en torno a esas necesidades». (p. 71).

No existe contradicción alguna entre la función de la vanguardia y el papel del pueblo cambiando las circunstancias. Uno y otro son parte de un proceso que se entiende mejor si estudiamos la dialéctica tal como la entendía Jackson:

«La conciencia es lo contrario de la indiferencia, de la ceguera, del vacío. Promover la conciencia implica difundir el concepto de que cada uno de nosotros forma parte de una acción e interacción universal; que los polos están conectados de alguna manera; que existen causas materiales para el trauma, el vértigo y las enfermedades degenerativas. Conexiones, conexiones, causa y efecto, claridad sobre su relación e interrelaciones, la conexión con el pasado, la continuidad, el flujo, el movimiento, la conciencia de que nada, nada permanece igual por mucho tiempo. Y de ello se deduce que si una cosa no se está construyendo, sin duda se está deteriorando, que la vida es revolución y que el mundo morirá si no leemos y actuamos según sus imperativos. No morirá por sí solo, sino porque las fuerzas de la reacción han creado desequilibrios que lo matarán: «Las semillas de su propia destrucción. […] La conciencia es conocimiento, reconocimiento, previsión; experiencia y percepción comunes; sensibilidad, alerta, atención plena. Despierta los sentidos, la sangre; expone y sugiere; objetivará, enfurecerá, dirigirá. No hay fórmulas positivas para algo tan complejo. Solo tenemos pautas que nos ayudan en su crecimiento. Esto significa que, una vez que hayamos terminado con nuestros libros, debemos dejarlos a un lado; y la búsqueda del método dependerá de las observaciones, los análisis correctos, la creatividad y el aprovechamiento del tiempo». (p. 76).

Dialéctica de lo concreto, de la complejidad, de la creatividad y de tiempo. Jackson la aprende de la práctica:

«Lenin, Guevara y Fanon, cada uno a su manera, postulan que antes de que pueda tener lugar una revolución, deben agotarse todas las demás formas de lucha, agotarse claramente. Los procesos electorales deben haber fracasado, la confianza del electorado en cualquiera de las viejas formas debe haberse desmoronado por completo, la confianza en la capacidad del viejo sistema para organizar honestamente cualquier aspecto de la vida pública debe haberse visto sacudida hasta sus cimientos.» (p. 78).

Y continúa:

«No es revolucionario ni materialista desconectar las cosas. Desconectar la conciencia revolucionaria de la actividad revolucionaria, construir la conciencia solo con agitación política y temas educativos es idealista más que materialista. El efecto ha sido el reformismo más que la revolución.» (p. 79).

El reformismo desconecta, rompe y niega la unidad y lucha de contrarios, ley básica de la dialéctica. Por eso el reformismo cierra los ojos ante la represión cuando no la minimiza e incluso la legitima. Sin embargo, Jackson afirma que:

«La represión es, sin duda, parte de la revolución, un aspecto natural de la antítesis, el reflejo defensivo-ofensivo siempre previsible del tigre acosado y desdentado. Todos los argumentos en contra de este hecho fundamental son falsos y tan rebuscados que resultan completamente ilógicos. […] Los fascistas comprenden el valor de la psicología de masas, están familiarizados con su uso y poseen todos los instrumentos importantes para su control efectivo. […] En una batalla así, no se puede ignorar ni descartar ninguna táctica. El poder responde a todas las amenazas. La respuesta es la represión. Si la amenaza es pequeña, la táctica fascista es reírse de ella, ignorarla, aislarla con su mecanismo de defensa: los medios de comunicación. Cuanto mayor es la amenaza, mayor es la violencia correspondiente por parte del poder […] El poder del pueblo reside en su mayor potencial de violencia.» (p. 82).

Ahora comprendemos mejor la insistencia de Jackson en la organización de vanguardia y en la clandestinidad, una de las exigencias del leninismo confirmada por las luchas posteriores (pp. 85y ss.). Pero la clandestinidad debe camuflarse ella misma en las múltiples formas de lucha del pueblo obrero:

«Construir conciencia y cultura revolucionaria contra los reflejos represivos y de defensa natural del sistema significa abordar cuestiones cotidianas realistas como el hambre, la necesidad de ropa y vivienda, el desempleo. Implica provocar la represión, alimentarse de ella. El hecho de que haya legiones de presos políticos y político-económicos y los procesos utilizados por los opresores para juzgarlos y condenarlos deben utilizarse como gritos de guerra de la revolución. Los delitos económicos e incluso los delitos pasionales contra los opresores deben entenderse como rebelión. Incluso los funerales pueden utilizarse como tema, ya que habrá muchos. Improvisar sobre la realidad es el principio clave que subyace a la construcción de una izquierda unida y a la concienciación del pueblo. Es lo que nos dará nuestras tácticas.» (p. 90).

Resolver los problemas y las necesidades populares cotidianas nos exige, otra vez, volver a la dialéctica sobre todo cuando pensamos en la objetividad de la represión, de la cárcel, de la clandestinidad:

«Buscamos conexiones; el enfoque materialista consiste en examinar las cosas en su secuencia total, verlas en proceso, no solo establecer su existencia en imágenes secuenciales fijas, sino también captar el estado de ser en proceso: infancia, madurez, declive, cosas en movimiento, transformadas en otras cosas en movimiento. Trabajamos constantemente para determinar lo que gobierna, regula y motiva todos los procesos separados pero relacionados e interrelacionados, desde el punto de vista de que la conciencia está determinada por desarrollos dialécticos y objetivos.» (p. 95).

Jackson plantea una de las lecciones que ofrece la dialéctica aquí vista:

«No se trata de la necesidad de la violencia, sino de cómo organizarla para que se adapte a nuestra situación particular, de vincularla con impecable exactitud a nuestra actividad política y de organizarla de inmediato.» (p. 96).

Luego plantea otra lección de la dialéctica: «La primera lucha es la que se libra dentro de nuestras propias mentes.». (p. 98). Más adelante, otra tercera lección: «Nuestra lucha contra el terror fascista provocará una represión fascista de mayor nivel. No tenemos ninguna duda –los negros, hombres bajo el subsuelo– sobre la naturaleza de la clase dominante; sobre la disposición extremadamente violenta de la clase dominante de los Estados Unidos, que está bien documentada con solo echar un vistazo a nuestras vidas y la forma en que morimos. El objetivo es revelar esta «violencia sin sentido» a toda la clase o clases revolucionarias.» (p. 100). Y viene luego una cuarta lección sobre la categoría de lo universal/particular/singular al analizar EE.UU., China, Nuestramérica y Uruguay, Argelia… (pp. 100 y ss.).

Una de las síntesis que extrae Jackson de todo ello es que:

«Las complejidades de la estructura de clases han cambiado algo desde la época de Marx y Lenin. En la actualidad, dentro de la clase obrera, existe un sector ultraderechista en la base de esta estructura que considera que todas sus demandas vitales pueden ser satisfechas por el orden existente. […] Entre sus filas encontramos a obreros de fábricas o de la construcción, a los omnipresentes empleados de la administración pública, a militares retirados, a vendedores de coches usados o de seguros, a empleados de almacén o estibadores a punto de ser sustituidos por máquinas.» (p. 105).

Otras de las lecciones son los cinco fundamentos básicos de la guerra de guerrillas. Una vez más Jackson aplica las categorías de la filosofía dialéctica para explicar lo esencial que recorre a todas las guerrillas al margen de su ubicación espacio-temporal.

Movilidad:

«En circunstancias normales, la guerrilla solo emplea armas ligeras, portátiles, fáciles de fabricar o de robar. […] Hay que tomar medidas para trasladar a los hombres y el equipo a pesar del estado actual de las calles y carreteras de las ciudades. […] La comida y la ropa deben ser deliberadamente sencillas. Siempre debe haber ropa disponible para disfrazarse […] También debe aprender a desear menos.» (p. 107).

Infiltración:

«En este momento podemos colocar a nuestros combatientes dentro de las distintas fuerzas policiales, militares y penitenciarias. […] Esta es la mayor debilidad de nuestro enemigo; la mayor debilidad de cualquier institución es la necesidad de personal para resistir al pueblo. Esto los deja expuestos a la infiltración. El ejército guerrillero que opera dentro de la ciudad es necesariamente pequeño, por lo que impedimos la infiltración siendo muy selectivos y realizando pruebas exhaustivas y mortíferas, y haciendo pleno uso de los principios que subyacen a la descentralización.» (p. 107).

La emboscada:

«La única forma de ataque empleada por las fuerzas guerrilleras es la emboscada, el ataque por sorpresa. Nunca debe haber frentes ni defensa del territorio. Las únicas acciones que se llevan a cabo hasta el final son aquellas en las que obtenemos la victoria; tras un ataque inicial, si el enemigo se recupera y contraataca, nos retiramos y simplemente nos vamos a casa a esperar la próxima oportunidad en la que podamos pillarlo dormido, con sus chicas, moviéndose en convoyes, en el baño.» (p. 108).

Camuflaje:

«Nada es lo que parece a simple vista. […]Debemos vestirnos y equiparnos con armamento que nos permita movernos incluso en grupos de una docena o más sin parecer otra cosa que ciudadanos particulares que persiguen sus intereses privados. Utilizaremos todo tipo de disfraces: cartero, policía, técnico de teléfonos, sacerdote, monja, guardia-nacional» (p. 108).

Infraestructura autónoma:

«Si nuestro objetivo final es acabar con la capacidad del establishment para producir y distribuir bienes, alimentar su maquinaria bélica u organizar cualquier tipo de actividad social, entonces, por supuesto, debemos, al mismo tiempo, dotarnos de los medios para desempeñar estas funciones al menos a un nivel de subsistencia. Tanto el brazo militar como el político del movimiento de liberación deben pensar en el abastecimiento de sus elementos de vanguardia y del pueblo durante los días oscuros en que detengamos la máquina. […] En algún momento del desarrollo de la cultura revolucionaria de la lucha general, esta tendrá que independizarse totalmente de la antigua cultura enemiga, de acuerdo con la teoría del Che de moldear la nueva sociedad en torno a la lucha contra la antigua. [… ] En la guerra popular urbana, cada movimiento político para organizar a la gente en torno a sus necesidades reales respaldará un movimiento militar correspondiente. Esta unidad entre la política y la guerra aumentará gradualmente la conciencia revolucionaria general hasta un punto en el que se pueda decir que existe una conciencia de masas» (p. 111).

La infraestructura autónoma es necesaria porque

«La lucha armada es el núcleo mismo de la revolución. Si los problemas del pueblo no pueden resolverse porque los recursos necesarios están en manos de unas pocas familias e individuos, significa que tendremos que apoderarnos de esa propiedad. Apropiarse de la propiedad siempre ha significado algún tipo de guerra, algún tipo de lucha armada. Si nos guiamos por la historia, esta registra claramente que nada de gran valor ha cambiado de manos sin una lucha, o al menos una muestra o amenaza de violencia. Los hombres simplemente no renuncian a lo que consideran su privilegio y propiedad, excepto por la fuerza. La historia misma es una lucha de clases impulsada por motivos económicos.» (p. 114).

Recordemos que el libro fue escrito entre 1970 y 1971, por lo que el análisis que Jackson hizo del Chile de Allende fue premonitor:

«Allende no está confiscando propiedades; su gobierno está «comprando propiedades». Hasta que no se suprima la clase capitalista dominante chilena, la revolución chilena no tendrá más sentido que el experimento sueco. Los gobiernos socialistas que intentan coexistir con la economía capitalista olvidan por completo el motivo económico de la historia social humana. El revisionismo ha dado lugar a innumerables hermafroditas «socialistas», siempre en detrimento del poder del pueblo. […] Ningún argumento tiene fundamento si entra en conflicto con las condiciones objetivas, los hechos claros e incontrovertibles.» (p. 114).

Damos mucha importancia a esta crítica de Jackson a la política de Allende porque, además de haber sido confirmada por los hechos, se sostenía sobre una visión más amplia que también fue validada por la historia posterior:

«La conciencia crece en espirales. El crecimiento implica alimentar y ser alimentado. Alimentamos la conciencia alimentando a las personas, atendiendo sus necesidades, tanto básicas como sociales, trabajando y organizándonos hacia una izquierda nacional unida. Una vez que el pueblo ha creado algo que está dispuesto a defender, una riqueza de nuevos ideales y una infraestructura de subsistencia autónoma, entonces está listo para entrar en conflicto «abierto» con la clase dominante y sus partidarios. Este conflicto debe extenderse a todos los niveles de la producción y distribución capitalistas. La conciencia de nuestro poder crecerá como resultado de este contacto masivo con las fuerzas dominantes. No hay duda de que el pueblo debe organizarse y educarse sobre los beneficios del gobierno popular antes de poder actuar con éxito contra su enemigo de clase. Sin embargo, parece haber algunas dudas sobre la seriedad con la que debemos tomarnos a nosotros mismos y nuestra labor de organización» (p. 116).

Más todavía:

«Cuando encontramos resistencia, ¿debemos ceder, retirarnos, esperar a que pase o intensificar nuestra lucha? ¿Debemos responder a la reacción violenta con una violencia aún más decidida? ¿Del tipo que puso en fuga a ochenta tanques en Laos? En otras palabras, si a los fascistas no les gusta lo que hacemos y nos atacan con una turba linchadora (las fuerzas policiales y el poder judicial de su gobierno), ¿debemos ceder? ¿O deberíamos aceptar su reacción violenta como una respuesta natural a nuestro desafío y organizarnos contra ella?» (p. 116).

Estas y otras preguntas sobre el mismo problema se pueden y deben adaptar a la lucha clases en su forma sindical mantenida en esos años por el sindicalismo reformista chileno:

«La única forma válida de actividad sindical es la toma del liderazgo sindical por cualquier medio necesario. Debemos convocar huelgas para hacer valer nuestras demandas al capital. Para hacer valer la huelga, debemos cortar el suministro eléctrico de la planta. Quedarse en la puerta con una pancarta y un folleto no bastará para mitigar el interés a corto plazo de los trabajadores por la esclavitud salarial. ¡Lo primero es comer! Con la desaparición de la dirección sindical de derechas y la revolución de los trabajadores negros a través de su contacto con la comuna negra, incluso los fascistas que carecen de sentido de la comunidad o conciencia de clase pueden ser conquistados o, al menos, neutralizados. En cualquier caso, no podrán romper las huelgas con las líneas eléctricas cortadas.» (p. 118).

Aplicando la dialéctica de Jackson a la realidad chilena de 1971, podemos decir que:

«Las condiciones objetivas están presentes. Posponer nuestra liberación con la excusa de que «la gente no está preparada» es subestimarla; en efecto, es como decir que no tiene la mentalidad para actuar en su defensa. […] Solo podemos ser reprimidos si dejamos de pensar y dejamos de luchar. Las personas que se niegan a dejar de luchar nunca pueden ser reprimidas: o vencen o mueren, lo cual es más atractivo que perder y morir. La primacía de la política sigue vigente, pero ahora debemos prepararnos para la confrontación armada. Ni por casualidad podemos esperar derrocar a un enemigo tan determinado sin recurrir a la fuerza.» (p. 120).

Pero el gobierno popular de Allende no tenía la «mentalidad para actuar en su defensa» abriendo así la puerta para el golpe fascista de Pinochet en septiembre de 1973.

2.– LA MENTALIDAD AMERIKANA

En una carta a su amigo Greg, Jackson explica que:

«El colapso del condicionamiento del establishment suele producirse primero en el ámbito universitario. Los estudiantes se niegan a aceptar la mentira de que nuestra explotación de los pueblos del mundo les beneficia realmente. Empiezan a rechazar su parte del botín. […] El ascenso de las instituciones sociopolíticas hasta su forma y complejidad actuales no fue fruto del azar. Las empresas, las universidades, los sindicatos, los medios de comunicación, las fundaciones, las asociaciones, los tribunales, las prisiones, el ejército (la policía, tanto nacional como internacional, uniformada y encubierta) se crearon desde sus inicios como instrumentos para imponer el centralismo estatal. […] El Estado industrial, corporativo y urbano moderno nunca podría funcionar sin un control jerárquico y la aceptación por parte del pueblo de la estructura jerárquica de control. » (p. 121).

Cada determinado tiempo desde 1971 sectores del estudiantado norteamericano vuelven a movilizarse contra el poder allí establecido, como sucede ahora desde hace unos años y activada aún más sobre todo en respuesta al genocidio sionazi del pueblo palestino. Es entonces cuando se confirma lo dicho por Jackson no sólo sobre el movimiento estudiantil sino también sobre la naturaleza reaccionaria del Estado y de todas las instituciones que sostienen el imperialismo. La estructura jerárquica de control represivo se enfrentó a los Panteras Negras, donde militaba Jackson. Desde entonces, la oligarquía yanqui ha reforzado esa estructura represiva hasta niveles difícilmente imaginables en 1971. Jackson también advirtió entonces que:

«La civilización occidental está muriendo porque está ligada a un sistema económico que ya era decadente hace cien años. […] Su capacidad aparentemente notable para recuperarse de las crisis no es prueba de una durabilidad natural. Más bien es prueba de una voluntad destructiva de poder a cualquier precio.»(p. 122).

Y recurre a este impresionante símil de Frankenstein:

«La necesidad del Dr. Frankenstein de tener un sirviente era una expresión de su ego enfermo, por lo que creó una monstruosa criatura demente, patológicamente fuerte y enorme. Censuró la actividad de la bestia haciéndola poco inteligente. Erigió instituciones lo suficientemente flexibles como para mantener al gigante trabajando, pero lo suficientemente rígidas como para impedir cualquier crecimiento de sus facultades mentales. A regañadientes, se le dotó a la bestia de un cerebro para que pudiera actuar. La bestia trabajó y luchó contra los enemigos de su creador. La bestia se contentaba con ver prosperar al creador. Vivía a través de él. Y cuando finalmente se vio tal y como era, enloqueció.» (p. 122).

El imperialismo es el Frankenstein que ha creado una impresionante estructura de explotación que quiere establecer en todo el planeta:

«Cuando los intereses comerciales internacionales estas instituciones financieras familiares se ven amenazados, se activa la policía internacional «financiada con impuestos». Cuando la CIA fracasa, se recurre a las fuerzas especiales. Cuando es necesario, intervienen los marines y la infantería.» (p. 123).

3.– LA JUSTICIA AMERIKANA

En otra carta a su amigo Greg, Jackson se refiere a la dialéctica de la verdad pero sin decirlo abiertamente. Escribiéndole a su amigo sobre la justicia, comenta:

«Me niego a discutir con las estadísticas recopiladas por las instituciones y asociaciones que denuncio. Sin embargo, es cierto que incluso las cifras oficiales demuestran la culpabilidad del capitalismo.» (p. 124).

Las estadísticas oficiales falsean la realidad además de porque necesitan hacerlo también porque el sistema estadístico de la sociología burguesa no puede captar el movimiento de las contradicciones. Al no poder descubrir la contradicción no puede estudiar lo cualitativo, pero sí puede reflejar lo cuantitativo. Sí puede contar con alguna fidelidad el número de detenidos y encarcelados –cantidad–, aunque no puede descubrir la cualidad ni la causa de las detenciones: la explotación y la lucha de clases. Ni tampoco quiere y puede llevar la dialéctica marxista a su concreción práctica: la lucha a muerte contra la propiedad privada, que es de lo que se trata.

Jackson aplicaba el mismo método dialéctico que Marx en El Capital: mientras advirtió que la economía política burguesa es incapaz de saber qué es el capitalismo sí puede dar algunos datos cuantitativos sobre su funcionamiento, cuantificación que Marx estudió con exquisito rigor científico. Jackson denuncia que

«Se ocultan los hechos de que, en cada institución en la que he estado, entre el 30 y, a veces, el 40 % de los reclusos son negros, y todos y cada uno de los miles con los que me he encontrado pertenecían a la clase obrera o al lumpen proletariado […] están llenas –once de ellas con hombres negros–, todas ellas sin excepción de la clase trabajadora.» (p. 125).

La lógica formal y el sentido común sólo se mueven en la fácil comodidad de los números superficiales aislados unos de otros y vistos en su quietud, pero cuando la praxis exige penetrar en la unidad y lucha de contrarios, en su devenir como totalidad concreta, entonces hay que recurrir a la dialéctica: es el proletariado el que sufre la represión y en especial el proletariado negro.

La dialéctica de la verdad consiste en la interacción de lo concreto, lo absoluto, lo relativo y lo objetivo de cada problema sobre el que incidimos. Jackson recurre a las palabras del abogado Howard Moore para ejemplificarlo:

«Todos los negros, estén donde estén, sean cuales sean sus delitos, incluso los delitos contra otros negros, son presos políticos porque el sistema los ha tratado de forma diferente a los blancos. Los blancos se benefician de todas las leyes, de todas las lagunas jurídicas y de ser juzgados por sus pares, es decir, por otras personas blancas. Los negros no se benefician de ningún juicio con jurado compuesto por sus pares. Un juicio de este tipo es casi seguro que resulte en la condena de una persona negra, y es una decisión política consciente que los negros no tengan esos beneficios» (p. 125).

Las propias palabras de Jackson nos facilitan el estudio de la dialéctica de la verdad:

«La máxima expresión de la ley no es el orden, sino la prisión. Hay cientos y cientos de prisiones, y miles y miles de leyes, pero no hay orden social ni paz social. El derecho burgués anglosajón está íntimamente ligado a la economía. Esto se puede deducir incluso de las estadísticas vitales. El derecho burgués protege las relaciones de propiedad y no las relaciones interpersonales. Los rasgos culturales de la sociedad capitalista que también tienden a frenar la actividad –el individualismo, la cortesía artificial yuxtapuesta a una rudeza distante, la prisa por aprender «cómo» en lugar de «qué es»– son en realidad secundarios y están destinados a aquellos casos (y grupos) benignos que solo requieren medidas preventivas. La ley y todo lo que se entrelaza con ella se construyó para gente pobre y desesperada como yo.» (p. 126).

Conforme vamos delimitando lo concreto, lo absoluto, lo relativo y lo objetivo del problema al que nos enfrentamos, nos sumergimos más y más en sus contradicciones irresolubles que determinan su movimiento, y entre ellas vamos descubriendo el papel reaccionario del fetichismo de la mercancía y de la cosificación material y moral que impone. Dicho directamente por Jackson:

«La aceptación de la esclavitud está profundamente arraigada en los tipos de carácter patogénicos del capitalismo. Es el resultado del sentimiento de temor y ansiedad que sufren todos los hombres bajo el dominio capitalista. El comportamiento compulsivo y los desenfrenados deseos obsesivos se han convertido en sinónimos de «carácter» en nuestra sociedad enferma. Pero enfatizar estas condiciones antes de examinar las instituciones de las que surgen es confundir el efecto con la causa y enturbiar aún más el blanco del ataque. Hasta ahora, el análisis cultural ha establecido que la psicosis está tan arraigada y las instituciones tan centralizadas que lo que se necesita es una revolución total, la lucha armada entre los que no tienen nada, con su vanguardia, y los que lo tienen todo, con sus mercenarios o macabros monstruos que viven a través de ellos; la guerra civil entre al menos estos dos sectores de la población es el único remedio purgativo.» (p. 127).

Jackson concluye así este capítulo: «Parafraseo a Castro en el juicio tras el Moncada: «Les advierto, señores, ¡que solo estoy empezando!» (p. 128).

3.1. Por el Frente Único

Los y las prisioneras políticas en las cárceles estadounidenses de aquellos años se plantearon el problema de la unidad de lucha, del frente único en las cárceles.

«La conducta unitaria implica una «búsqueda» de aquellos elementos de nuestra situación actual que pueden convertirse en la base para una acción conjunta. Implica una búsqueda consciente de lo relevante, de la comprensión mutua y, especialmente, en nuestro caso, de lo que es reconciliable.» (p. 129).

Jackson continúa explicando cómo el poder burgués está pensado para impedir la unidad de las luchas, los frentes únicos de resistencia, y precisa:

«Los hombres que se colocaron por encima del resto de la sociedad mediante artimañas, circunstancias fortuitas y una brutalidad descarnada han desarrollado dos instituciones principales para lidiar con cualquier desobediencia grave: la prisión y el racismo institucionalizado. Hay más prisiones de todas las categorías en Estados Unidos que en todos los demás países del mundo juntos. […] La mayoría de la gente se da cuenta de que la delincuencia es simplemente el resultado de una distribución extremadamente desproporcionada de la riqueza y los privilegios, un reflejo del estado actual de las relaciones de propiedad. No hay hombres ricos en el corredor de la muerte, y tan pocos en la población carcelaria general que podemos descartarlos por completo. El encarcelamiento es un aspecto de la lucha de clases desde el primer momento.» (p. 130).

Para avanzar en el frente único de lucha anticarcelaria, que es una parte de la lucha contra el capitalismo:

«Hay que enseñar a las masas a comprender la verdadera función de las prisiones. ¿Por qué existen en tal número? ¿Cuál es el verdadero motivo económico subyacente del delito y la definición oficial de los tipos de delincuentes o víctimas? El pueblo debe aprender que cuando se «ofende» al Estado totalitario, evidentemente no se trata de una ofensa contra el pueblo de ese Estado, sino de un ataque a los privilegios de unos pocos privilegiados. […] Debemos educar al pueblo sobre las verdaderas causas de los delitos económicos. Hay que hacerles comprender que incluso los delitos pasionales son los efectos psicosociales de un orden económico que ya estaba en decadencia hace cien años. Todos los delitos pueden atribuirse a condiciones socioeconómicas objetivas, a actividades socialmente productivas o contrapositivas. En todos los casos, están determinados por el sistema económico, el método de organización económica.» (p. 130).

Sin matizar ahora qué entendía Jackson por «delitos pasionales», es muy importante enseñar al pueblo que los mal llamados en la actualidad «presos comunes» también son un reflejo de la explotación capitalista y que la lucha anticarcelaria así como el modelo de la futura justicia socialista debe desde ahora mismo mostrar el contenido político de todas las contradicciones e injusticias burguesas:

«Es necesario llegar a los presos y hacerles comprender que son víctimas de la injusticia social. […] El gran número de presos y las condiciones en las que viven los convierten en una poderosa reserva de potencial revolucionario. Trabajando solos y desde dentro de una sociedad encerrada en una jaula de acero, personas como yo podemos hacer muy poco para despertar el potencial revolucionario reprimido fuera de los muros. Esa es parte de la tarea del «Movimiento Carcelario». […] El objetivo es siempre el mismo: la creación de una infraestructura capaz de poner en marcha un ejército popular. (p. 131).

Jackson reconoce las dificultades de extender el frente único a las luchas que se libran fuera de las cárceles por razones que sería largo resumir aquí. Sí nos interesa darle voz en lo que sigue:

«Solo el movimiento carcelario ha mostrado alguna posibilidad de superar las barreras ideológicas, raciales y culturales que han bloqueado la coalición natural de las fuerzas de izquierda en todo momento en el pasado. Por lo tanto, este movimiento debe servir de ejemplo para los partidarios que participan en otros niveles de lucha. Las cuestiones implicadas y la dialéctica que se deriva de la comprensión de la clara existencia objetiva de la opresión manifiesta podrían ser el impulso para nuestra entrada en la marea de la creciente conciencia socialista mundial» (p. 132).

Jackson sostiene que

«El principal obstáculo para una izquierda unida en este país es el racismo blanco. Hay tres categorías de racistas blancos: el racista manifiesto y autosatisfecho que no intenta ocultar su antipatía; el racista que se autocensura y que, a pesar de sus esfuerzos, alberga y alimenta el racismo; y el racista inconsciente, que no es consciente de sus prejuicios racistas. […] Deben trabajar para desarrollar la unidad del panfleto y la pistola silenciada. Los negros, los morenos y los blancos están todos juntos en la misma situación de víctimas. Al final de esta lucha colectiva de masas, descubriremos a nuestro nuevo hombre, la culminación impredecible del proceso revolucionario.» (p. 134)

4.– DESPUÉS DEL FALLIDO INTENTO DE REVOLUCIÓN

4.1.Sobre la retirada

Si la crítica es una identidad del marxismo, otra es la autocrítica:

«Los militantes negros y su partido de vanguardia, tanto la vieja como la nueva izquierda, debemos reconocer que la revolución obrera y sus partidos de vanguardia no han logrado los cambios prometidos en las relaciones de propiedad ni en ninguna de las instituciones que las sustentan. Esto debe reconocerse sin amargura, sin insultos ni el intenso rencor que se está acumulando actualmente. Ha habido dos depresiones, dos grandes guerras, una docena de recesiones graves, una docena de guerras locales, crisis tras crisis económica. La cohesión psicosocial nacional de las masas ha temblado al borde de la ruptura y la desintegración repetidamente durante los últimos cincuenta años, amenazando con desintegrarse por su propia dinámica interna concéntrica. Pero en cada crisis se le permitió reformarse; con cada reforma, la revolución se hizo más lejana. Esto se debe a que la vieja izquierda no ha comprendido la verdadera naturaleza del fascismo.» (p. 135).

Desde su irrupción en la década de 1920, el fascismo ha sido y seguirá siendo objeto de debate inagotable mientras no se agote la lucha de clases. Tiene razón Jackson cuando dice que

«Nunca tendremos una definición completa del fascismo, porque está en constante movimiento, mostrando una nueva cara para adaptarse a cualquier conjunto particular de problemas que surjan para amenazar el predominio de la clase dominante tradicionalista y capitalista.» (p. 135).

Ninguna definición puede ser definitivamente completa porque la realidad a la que se refiere siempre está generando tendencias nuevas, algunas de las cuales culminan en nuevas realidades que, por ello, superan la definición inicial.

Las múltiples conexiones de los objetos y procesos entre sí hacen que en las ciencias naturales las definiciones queden limitadas a lo más básico. En las llamadas «ciencias sociales», las que dicen estudiar las contradicciones humanas, las definiciones solo sirven mientras no se agudicen las diferencias, oposiciones y contradicciones que mueven la realidad, y además sirven en la medida en la que se basan en redes de conceptos que, como tales, son móviles y flexibles.

Esto es lo que desarrolla Jackson en las líneas siguientes cuando explica que sí se pueden utilizar palabras suficientemente simples para clarificar qué es el fascismo tal cual actuaba entonces en EE.UU.: «reforma económica» es una de ellas «aunque deja mucho sin explicar» porque hay que tener en cuenta las fases del desarrollo fascista en EE.UU.:

«Para permitir que una parte considerable del «nuevo estado» participe en este mercadillo, la clase dominante ha establecido controles monetarios y leyes de salario mínimo que enmascaran la verdadera naturaleza del fascismo moderno.». (p. 136).

Jackson no olvida la esencia criminal del fascismo: destruir, arrasar, exterminar el movimiento obrero y revolucionario; lo afirma explícitamente citando incluso a grupos norteamericanos nada menos que de 1911.

Pero insiste en que:

«La importancia del «nuevo acuerdo fascista» radica en el hecho de que esta actividad habitual va acompañada de concesiones al segmento decadente de la clase obrera, con el objetivo de crear una zona de amortiguación entre la clase dominante y los segmentos aún potencialmente revolucionarios de las clases bajas.» (p. 136).

Es probable que Jackson hubiera estudiado al Lukcás de comienzos de la década de 1950 cuando advirtió en El asalto a la razón, que estaba resurgiendo un nuevo fascismo en EE.UU. precisamente por las características del capitalismo yanqui, más desarrolladas que las del capitalismo europeo de las décadas de 1920-1930.

Jackson expresa así una de las características del capitalismo yanqui que refuerzan el fascismo en Norteamérica según operaba hasta comienzos de la década de 1970:

«El nuevo estado corporativo ha luchado para salir adelante crisis tras crisis, ha establecido sus élites gobernantes en todas las instituciones importantes, ha forjado su alianza con los trabajadores a través de sus élites y ha erigido la red más extensa de agencias de protección repletas de espías, tanto técnicos como biológicos, que se puede encontrar en cualquier estado policial del mundo. La violencia de la clase dominante de este país en el largo proceso de su tendencia hacia el autoritarismo y su último y más alto estado, el fascismo, no tiene rival en sus excesos por ningún otro país del mundo actual o de la historia. […] El reformismo fue tolerado. Los elementos más degenerados de la clase obrera fueron los primeros en sucumbir. Los partidos de vanguardia apoyaron la aventura capitalista de la Segunda Guerra Mundial. Luego ayudaron a promover el mercado de consumo masivo que siguió al fin de la guerra, el bazar que acalló las demandas más genuinas de los trabajadores.» (p. 137).

Como efecto de esta evolución de la lucha de clases, Jackson sostiene que:

«Hoy nos enfrentamos a un conjunto claramente diferente de antagonismos de clase, a las complejidades de un orden económico fascista particularmente refinado, en el que las élites dominantes han cooptado a gran parte de la clase obrera más humilde.» (p. 138).

Más precisamente:

«Obviamente, el movimiento fascista es contrarrevolucionario en su esencia. El reformismo fascista es una respuesta calculada al enfoque clásico y científico-socialista de la revolución a través de la movilización activa de las clases trabajadoras. Desde sus orígenes, el régimen fascista ha intentado crear la ilusión de una sociedad de masas en la que la clase dominante capitalista tradicional seguiría desempeñando su papel protagónico. Una sociedad de masas que no es una sociedad de masas; una sociedad de masas autoritaria cuyos intereses materiales a corto plazo se adaptan perfectamente al desarrollo del estado totalitario perfecto y la economía centralizada. Las definiciones más precisas del fascismo incluyen el concepto de «capitalismo científico» o «capitalismo controlado», una respuesta sofisticada, totalitaria y «erudita» al desafío del socialismo científico igualitario. Tras su exitoso establecimiento en España, Portugal, Grecia, Sudáfrica y los Estados Unidos de América, nos enfrentamos a la obvia pregunta de «cómo crear una nueva conciencia». (p. 138).

Conviene recordar que el fiel de la balanza empezó a inclinarse rápidamente hacia el agravamiento de la crisis estructural de EE.UU. justo en esos años que van de finales de la década a 1960 a 1971, cuando en agosto de ese año Nixon suspendió la convertibilidad del dólar a oro. Al poco tiempo, la certidumbre de que Vietnam ya había derrotado a los yanquis antes incluso de su humillante huida de Saigón en 1975, indicaba que EE.UU. ya había comenzado su cuesta abajo lo que llevaría a su clase dominante a iniciar un duro y permanente ataque contra derechos y libertades desde antes incluso de la Administración Reagan en 1980. A partir de esas fechas el fascismo yanqui ha ido abandonando toda tolerancia llegando a las brutalidades trumpianas de ahora mismo.

Nada de esta reacción inhumana galopante niega la validez esencial de las ideas de Jackson en 1971, antes de que se acelerase la crisis. Al contrario, las reafirma. Basta leer estas palabras suyas para confirmarlo:

«El revolucionario es un proscrito. El revolucionario negro «es un hombre condenado». Todas las fuerzas de la contrarrevolución se ciernen sobre su cabeza. Se encuentra en la trampa que él mismo ha cavado. Vive en el punto de mira. Nadie puede entender ese sentimiento excepto él mismo. «Desde el principio» de su conciencia revolucionaria, debe utilizar todos los medios a su alcance para mantenerse con vida.» (p. 141).

Los asesinatos de militantes negros con la excusa de que eran «delincuentes sociales» se han multiplicado desde entonces según vemos diariamente en la prensa incluso «neutral».

5.– FASCISMO

El 20 de junio de 1971 Jackson explica a su amigo y abogado John las diferencias menores, no principales, que tiene con las tesis sobre el fascismo de Ángela Davis:

«La base del análisis de Angela está ligada a varias nociones de la vieja izquierda que, como mínimo, ahora se prestan a cierta controversia. En mi opinión, de la crisis económica de la última gran depresión surgió, se desarrolló y se consolidó el fascismo-corporativo en su forma más avanzada aquí, en Amerika. En el proceso, la conciencia socialista sufrió algunos reveses muy graves. A diferencia de Angela, no creo que esta constatación conduzca a una visión derrotista de la historia. Comprender la realidad de nuestra situación es esencial para el éxito de cualquier actividad revolucionaria futura. Afirmar que el corporativismo ha surgido y avanzado no significa que haya triunfado. No estamos derrotados. El fascismo puro, el totalitarismo absoluto, no es posible.» (p. 143).

Hemos reconocido desde el inicio los amplios conocimientos de Jackson y es en sus ideas sobre el fascismo cuando lo comprobamos aún más al leer sus comentarios sobre W. Reich y F. Neumann, en cuyas aportaciones no podemos extendernos aquí. Sabemos que Reich era ferviente defensor de la dialéctica y del papel de la autocrítica en el marxismo, lo que pudo influir también en nuestro autor, además de sus propios estudios sobre estos dos puntos centrales que, en realidad, son uno. Jackson escribió:

«No es derrotista reconocer que hemos perdido una batalla. ¿De qué otra manera podemos «reagruparnos» e incluso pensar en continuar la lucha? En el centro de la revolución está el realismo. Calificar uno, dos o una docena de reveses como una derrota es pasar por alto el proceso de flujo y reflujo de la revolución, que se acerca a nuestros pronósticos y luego retrocede, pero nunca se detiene. Si algo no se está desarrollando, debe estar decayendo. Cuando surge una fuerza, la fuerza opuesta debe ceder; cuando una avanza, la otra debe retroceder. Hay una diferencia muy significativa entre retroceder y ser derrotado.» (p. 144).

Flujo y reflujo, fuerzas contrarias que chocan, retroceden y avanzan pero siempre en con un conocimiento realista de lo sucede porque la revolución es realista o es exterminada. La objetividad de la lucha permanente de contrarios lleva a Jackson a denunciar el uso reaccionario del término “totalitarismo” para definir como fascismo a los países que habían iniciado la transición socialista:

«Pero examine esa definición de totalitarismo, camarada. No se permiten partidos de oposición en China, Cuba, Corea del Norte o Vietnam del Norte. Una definición tan estrecha condena como “totalitarismo” a las sociedades revolucionarias que sirven de modelo. A pesar de la presencia de partidos políticos, solo hay una política legal en Estados Unidos: la política del capitalismo corporativo. La jerarquía controla todo el poder del Estado. Sin embargo, hay miles de formas de atacarla y poner ese poder en manos del pueblo» (p. 145).

Jackson recurre al imperialismo histórico yanqui para reforzar lo expuesto en la cita anterior:

«Estados Unidos se ha consolidado como el enemigo mortal de todos los gobiernos populares, de toda movilización científica y socialista de la conciencia en todo el mundo, de toda actividad antiimperialista en la faz de la Tierra. La historia de este país en los últimos cincuenta años y más, la naturaleza misma de todos sus elementos fundamentales y su movilización económica, social, política y militar lo distinguen como el prototipo de la contrarrevolución fascista internacional. Estados Unidos es el problema de Corea, el problema de Vietnam, el problema del Congo, Angola, Mozambique y Oriente Medio. Es la grasa que lubrica las armas británicas y latinoamericanas que operan contra las masas populares.» (p. 146).

Aun así, aun ofreciendo tanta historia incuestionable, Jackson piensa que debe insistir en lo esencial sobre el fascismo:

«Tanto los marxistas como los no marxistas coinciden al menos en dos de sus factores generales: su orientación capitalista y su naturaleza antiobrera y anticlasista. Estos dos factores, casi por sí solos, identifican a Estados Unidos como un Estado fascista-corporativo. […] No tendremos éxito hasta que aceptemos plenamente el hecho de que el enemigo es consciente, decidido, encubierto, totalitario y despiadadamente contrarrevolucionario. […]

La definición definitiva del fascismo sigue abierta, simplemente porque sigue siendo un movimiento en desarrollo. Ya hemos discutido los defectos de intentar analizar un movimiento fuera de su proceso y sus relaciones secuenciales. Solo se obtiene una visión distorsionada de un pasado muerto. […] El fascismo fue el producto de la lucha de clases. Es una extensión obvia del capitalismo, una forma superior de la antigua lucha: capitalismo contra socialismo.» (p. 147).

Jackson recurre al Marx más dialéctico cuando dice que:

«Nuestro objetivo aquí es comprender la esencia de este fenómeno vivo y cambiante para saber cómo combatirlo. […] Hay que comprender que la estructura fascista no tolera la existencia de ninguna actividad revolucionaria. […] Ha habido muchos auges y caídas en la historia del capitalismo en esta nación y en todo el hemisferio occidental desde su formación. El método aceptado para sacar a la economía afectada de su estancamiento siempre ha sido la expansión. […] La solución siempre ha sido la expansión, la búsqueda de nuevos mercados y nuevas fuentes de materias primas más baratas para relanzar la economía (el síndrome imperialista).» (p. 149).

5.1.– Clases en guerra

Entramos ahora en uno de los capítulos más largos de la obra en la que Jackson hace gala de un conocimiento profundo de la historia del fascismo que no podemos resumir aquí tanto por su calidad como por su cantidad. Por ejemplo:

«el fascismo temprano incluía una amalgama de expresionistas, anarcosindicalistas, futuristas, idealistas hegelianos, teóricos sindicalistas, nacionalistas y, en el caso de la Falange española, intelectuales anarquistas. […] El fascismo también absorbió a algunos socialistas.» (p. 151).

Desde entonces hasta ahora aunque aquella complejidad de variables interdependientes no ha hecho sino aumentar, empero las dos características del fascismo arriba vistas que dan cuerpo a su esencia, siguen más brutales que nunca antes.

La esencia del fascismo se mantiene incluso en la evolución de sus tres fases, aunque con adaptaciones oportunistas en sus formas de expresión:

«Uno «fuera del poder» que se presenta casi revolucionario y subversivo, anticapitalista y antisocialista. Uno «en el poder pero sin seguridad»: este es el aspecto sensacionalista del fascismo que vemos en la pantalla y leemos en las novelas amarillas (pulp), cuando la clase dominante, a través de su instrumento de gobierno, es capaz de reprimir al partido de vanguardia del movimiento popular y obrero. La tercera cara del fascismo existe cuando está «en el poder y de forma segura». Durante esta fase, incluso se puede permitir cierta disidencia.» (p. 152).

Pero, en el fondo del fascismo tal y cual apareció en Italia, sigue operando el lema: «Creer, luchar, obedecer». (p. 157), porque

«El desarrollo y la explotación del síndrome autoritario es el núcleo del capitalismo totalitario (fascismo). Se alimenta de un sentido de conciencia de clase débil y falso y de la necesidad de pertenecer a una comunidad. El espíritu colectivo en el fascismo es un fenómeno mórbido que surge de la psicopatología del comportamiento de las masas.». (p. 158).

El modelo fascista de sociedad está ideado y desarrollado para expandir el síndrome autoritario que busca dominarlo todo:

«Los atractivos de esta pseudo sociedad de masas son deportes de ocio vacíos, baratos y espectaculares; desfiles en los que se reúnen desconocidos, se gritan unos a otros y, a menudo, se pisotean hasta la muerte de camino a casa; consumo masivo de electrodomésticos o aspirinas; eventos rituales y ultranacionalistas en días para glorificar a los idiotas que murieron en la guerra u otros días para deificar a quienes los enviaron a morir. Una sociedad de masas que en realidad es una jungla de masas.» (p. 161).

Además de Alemania, Italia, etc., Jackson extiende su estudio crítico a dos países fundamentales para Nuestramérica: Brasil y Argentina, también de EE.UU., país que está muy presente en todo el texto, como es lógico:

«Muchas de las primeras tendencias de la historia estadounidense prepararon el camino para el éxito definitivo del fascismo en su forma más elevada. […] La definición de Marx de la historia como un conjunto fragmentado, retorcido y sórdido de luchas de clases se ve corroborada por la historia del movimiento obrero estadounidense. Las primeras luchas significativas entre el trabajo y el capital comenzaron en la década de 1790 en la costa este, […] La primera huelga salarial fue organizada por la Society of Journeymen Cordwainers (zapateros) de Filadelfia. Duró diez u once semanas en 1799 y fue rota por la actividad terrorista de la derecha.» (p. 166).

Jackson sigue analizando la imparable ascensión del capitalismo yanqui mientras su clase dominante limita y restringe su propio sistema democrático:

«Los analistas de la vieja izquierda están completamente confundidos por las diferencias entre la democracia burguesa y el capital monopolista y sus manifestaciones en la escena Amerikana. Parecen sentir que ambos pueden coexistir en la misma sociedad. En realidad, uno simplemente surge del otro. El capital monopolista es el objetivo central del fascismo corporativo. […] con la aparición y expansión del capital monopolista tras el impulso económico de la Guerra Civil, la democracia burguesa comenzó a desvanecerse de forma natural. La democracia burguesa, el dominio político de la burguesía, simplemente no puede existir tras la aparición del capital monopolista. El capital monopolista tiene su propia expresión política. Se desarrolla a medida que declina el dominio político democrático burgués. Las raíces del corporativismo-fascismo se establecieron con la expansión del capital monopolista hacia los gigantescos cárteles, corporaciones y trusts interconectados.» (p. 168).

El concepto anglosajón de derecho: «(basado en el principio latente de que los que tienen siempre deben ser protegidos de los que no tienen)». (p. 168), facilitó la corrupción impresionante que reina en EE.UU.:

«La corrupción y la ilegalidad fueron la base de su éxito comercial, pero nadie fue acusado ni castigado por la ley. Por el contrario, cualquier persona que se uniera a otra para conseguir un aumento de su salario era culpable de conspiración. Esa misma ley se sigue utilizando hoy en día para proteger los mismos intereses. […] Cada vez que oigo la palabra «ley», visualizo bandas de paramilitares o Pinkertons reprimiendo huelgas, cerdos con sábanas y bonetes puntiagudos que cubren sus cabezas. Veo un roble blanco y un negro descalzo colgado, veo ojos de serpiente mirando a través de lentes de rifles telescópicos, veo juicios conspirativos.». (p. 169).

Esta sociedad burguesa podrida, corrupta y feroz desarrolló un complejo y multilateral sistema de control represivo:

«Las relaciones de clase se alteraron lentamente como resultado de esta acción de los sectores sindicales cooptados. Se enviaron agentes del Gobierno para infiltrarse en los movimientos obreros dispersos. El disfraz era perfecto. La satisfacción de los intereses económicos a corto plazo de los trabajadores fue posible gracias al gigantesco mercado de consumo y al complejo militar. Se establecieron vínculos entre los gobernantes y los líderes sindicales. Las élites del movimiento proletario se vieron comprometidas. La clase dominante y sus élites gobernantes se centralizaron y fueron cuidadosamente cooptadas. ¡Un acuerdo fascista! Muerte y prisión para todos los que se opongan: el fascismo en su estado final y seguro. Ha sucedido aquí.» (p. 173).

Para terminar este capítulo, queremos citar estas palabras proféticas de Jackson:

«El fascismo se ha establecido de la manera más encubierta y eficaz en este país. Se siente tan seguro que los gobernantes nos permiten el lujo de una débil protesta. Sin embargo, si llevamos la protesta demasiado lejos, mostrarán su otra cara. Las puertas serán derribadas por la noche y las ametralladoras y los perdigones se convertirán en el medio de intercambio.». (p. 175).

En páginas anteriores hemos dicho que cuando Jackson describía el fascismo de 1970-71 lo hacía en un contexto en el que aún no se había acelerado irremisiblemente la decadencia imperialista que hoy observamos. La represión se ha intensificado en EE.UU., como decíamos, sobre todo desde Reagan, después dio un salto en 2001 con la llamada «ley patriótica» llegando ahora a las medidas de terror trumpiano contra millones de personas, con la militarización de ciudades, la persecución de derechos elementales y la imposición planificada del fanatismo negacionista, anticientífico y religioso más reaccionario que hayamos visto hasta el presente. También aquí tenía razón Jackson.

6.– EL CONTRATO OPRESIVO

En esta carta a John Gerassi pareciera que Jackson previese su próxima muerte. Recordemos que fue asesinado a comienzos de agosto de 1971. La carta comienza así:

«Tengo un futuro casi cerrado y, como siempre me he inclinado a indignarme por la injusticia organizada o las prácticas terroristas contra los inocentes, dondequiera que se produzcan, ahora puedo decir lo que quiera (siempre lo he hecho), sin temor a exponerme. Solo pueden ejecutarme una vez. Haga lo que haga, siempre me justificarán con el hecho de mis once años en prisión y mi supuesta pérdida de contacto con la realidad objetiva.» (p. 176).

Y termina así:

«Los movimientos clandestinos de la prisión están cobrando impulso. Mi juicio está fijado para principios de agosto de 1971, por supuesto habrá audiencias intermedias. Si son como la última, podrás ver mi estilo especial y retorcido de artes marciales. Estoy trabajando duro para mantenerme en forma. No estuve en mi mejor forma en la última presentación. La próxima vez que ataquen, los limpiaré a todos. Asiste, déjame ver tu estilo. Tu compañero de armas: «El que no teme la muerte de mil cortes se atreverá a destronar al emperador». (p. 183)

Jackson denomina «contrato opresivo» a «La asimilación, es decir, la aceptación del contrato opresivo; la osificación o la vida por debajo, más allá, fuera de la sociedad o la revolución.» (p. 178). El capitalismo, la dominación blanca, se refuerza a diario mediante la manipulación de los miedos y angustias que él mismo introyecta desde la primera infancia en la estructura psíquica de las clases explotadas sobre todo en las oprimidas nacionalmente, como el caso de la población afroamericana, logrando que la gente acepte pasiva o activamente las injusticias que sufre e incluso colabore con ellas contra sus propios hermanos de clase:

«Debemos buscar las causas fundamentales en el efecto psicosocial de la competitividad y el racismo. La enorme masa de trabajadores industriales parece estar trabajando totalmente en contra de sus propios intereses al apoyar un sistema que pertenece y está controlado por una pequeña minoría. En realidad, su comportamiento contradictorio se explica por sus sentimientos de lealtad hacia la raza, por su identificación con la jerarquía blanca y por su ventaja económica sobre las razas oprimidas. Puede que ellos mismos sean oprimidos, pero a cambio se les permite oprimir a millones de personas.» (p. 177).

Uno de los objetivos y de los logros del «contrato opresivo» consiste en que:

«El establishment hace todo lo que está en su mano para garantizar que la ira revolucionaria se redirija hacia salidas vacías que proporcionen una válvula de escape a los deseos que podrían volverse peligrosos si se les permitiera desarrollarse.» (p. 180).

Más aún:

«Los términos del contrato opresivo: conformidad coercitiva y flexibilidad indulgente ante las exigencias de la jerarquía. Pero todos debemos darnos cuenta de que el contrato opresivo no puede romperse mientras exista cualquier tipo de jerarquía que perpetúe las sensibilizadas relaciones del tribalismo, el clasismo y el racismo». (p. 180).

Por esto es fundamental la lucha contra la jerarquía inherente al capitalismo en cualquiera de sus polifacéticas expresiones:

«Es evidente que la alteración no puede tener lugar a menos que se destruya la jerarquía. ¿Podemos esperar que la jerarquía se elimine a sí misma? Entonces, la verdadera tarea en este momento es la liberación incondicional del pueblo. Nos sumergimos más allá del debate ideológico ante esta tarea inmediata. El hombre negro y la mujer negra deben estar, tal y como yo he organizado mis ideas, completamente unidos en el acto de la liberación.». (p. 180).

Esta última frase, la que hace referencia a la unidad de lucha entre hombres y mujeres, es vital porque es una de las pocas referencias, tal vez la única tan explícita, a ese decisivo planteamiento que he podido encontrar en su obra, salvo error o descuido por mi parte. Sin embargo, ya para aquellos años y desde prácticamente la imposición de la esclavitud, la participación de las mujeres no solo en la práctica de resistencia y lucha, sino también en el enriquecimiento teórico fue impresionante, como demuestra Ashley J. Bohrer30

A pesar de su aparente omnipotencia, el «contrato opresivo» sufre de las mismas limitaciones estructurales que minan a todos los medios de imposición del orden del capital. Jackson es tan consciente de ello que es lo primero que nos dice cuando empieza a describírnoslo. Nos habla de los asesinatos masivos que el imperialismo practica en Sudáfrica, Jordania, Indonesia, EE.UU.…

«Ejecuciones sumarias no de soldados uniformados, sino de gente común. Primero, mujeres y niños en una zanja en Vietnam; finalmente, ejecuciones en los centros cívicos de todos los condados similares de este país. Y esa es la principal contradicción del contrato opresivo del capital monopolista. El sistema produce marginados. También genera desprecio por los oprimidos. La acumulación de desprecio es su técnica fundamental de supervivencia. Esto conduce a los excesos y destruye cualquier esperanza de que finalmente se logre la paz entre las dos clases antagónicas, los que tienen y los que no tienen.» (p. 177)

También:

«Los desequilibrios del contrato opresivo, los ideales tan fundamentalmente contradictorios y las fuerzas tan mutuamente excluyentes solo pueden dar lugar a la disolución de los agentes de esa contradicción.» (p. 177).

Resulta muy significativo que nada más explicar qué entiende por «contrato opresivo» Jackson vuelva a la importante cuestión arriba vista sobre si la cultura africana antigua tenía propiedad privada o no, como hemos visto arriba: «Sé que los africanos fuimos los primeros comunistas». (p. 178) lo cual es históricamente cierto porque la antropogenia se desarrolló en su inmensa mayor parte de tiempo en África en el comunismo originario. Y es significativo porque esa vuelta al rigor que debe tener el materialismo histórico se produce en medio de unas reflexiones muy reveladoras sobre la importancia crucial del sentimiento nacional de liberación revolucionaria que Jackson, y los Panteras Negras, veían como imprescindible para destruir el capitalismo.

Directa e indirectamente todo este último capítulo está estructurado alrededor del problema de la conciencia de comunidad, de identidad y de liberación nacional del proletariado negro, a la vez que de sus relaciones de solidaridad con el proletariado blanco:

«La naturaleza económica del racismo no es simplemente un detalle secundario. […] El racismo es una característica fundamental del capital monopolista. Cuando el racista blanco, que se felicita a sí mismo, se queja de que los negros son groseros, analfabetos, de que nuestras zonas están deterioradas, sin mantenimiento, de que vestimos de forma llamativa y de mal gusto (algo que ahora también dicen de sus propios hijos), olvida que él gobierna. Olvida que él construyó las escuelas que son inadecuadas, que ha abusado de su responsabilidad de utilizar los impuestos pagados por los negros para mejorar sus condiciones de vida […] Es una contradicción absurda que él o nosotros nos obsesionemos con el tema de las comparaciones entre la cultura enemiga y su creación, la subcultura. La única forma en que el explotador puede mantener su posición es creando diferencias y manteniendo las deformidades.» (p. 178).

Dicho de otra forma:

«El compromiso con la revolución total debe implicar un análisis tanto de los motivos económicos como de los motivos psicosociales que perpetúan el contrato opresivo. Para el partidario negro, las estructuras nacionales son simplemente inexistentes. Un pueblo sin una conciencia colectiva que trascienda las fronteras nacionales –freaks, afroamerikkkanos, negros, incluso estadounidenses, sin el sentido de una comunidad más amplia que su propio grupo– no puede tener ningún efecto en la historia. En última instancia, simplemente serán eliminados de la escena. Sin el sentido colectivo de comunidad, sin su movimiento (Bobby Hutton, el tiroteo en Central, el 7 de agosto) y sus instituciones (nuestros proyectos de supervivencia que ahora se convertirán en infraestructura), simplemente nunca seremos una fuerza efectiva.» (p. 179).

Para ir terminando, Jackson no separaba la lucha por la emancipación nacional negra de la lucha político-militar: son las dos caras de la misma moneda. Criticaba la incapacidad del nacionalismo cultural por no saber ni poder llevar el mensaje de unidad revolucionaria al pueblo mientras que recordaba las ideas de su hermano Jonathan:

«jefe de un grupo clandestino que consideraba al Partido Pantera Negra como su líder político», que defendía la unidad entre la acción armada y la acción política, de modo que «La primacía de la política continuará mientras los responsables militares lean, capten y trabajen bien dentro de la matriz política imperante.» (p. 181).

Por IÑAKI GIL DE SAN VICENTE.

EUSKAL HERRIA, 9 de marzo de 2026.

NOTAS.

1 Prólogo, Introducción y Estudio preliminar a la edición en castellano escrito por Iñaki Gil de San Vicente

2 George Jackson. Sangre en mi ojo. Colección Socialismo y Libertad. Nº 330. 2026, p. 9.

3 Lenin: El programa militar de la revolución proletaria. 1916, marxist.org

4 Mao: «Sobre la guerra prolongada». Temas militares. Akal, Madrid. 1976, pp.146-147. Véase Mao Zedong: La Guerra Popular Prolongada, Libro n.º 162. Colección Socialismo y Libertad.

5 Alfonso Sastre: Los intelectuales y la utopía. Debate. Madrid. 2002, p. 39.

6 Colección Socialismo y Libertad. Libro Nº 330. Marzo de 2026

7 Rodrigo Villalobos: Hoces de piedra, martillos de bronce. Ático de los libros, Barcelona 2025, pp. 39-57.

8 Yvon Garlan: La Guerra en la Antigüedad. Aldebarán, Madrid 2003, p. 18.

9 Antonio Martínez Teixidó (Dir.): Enciclopedia del Arte de la Guerra. Planeta. Barcelona 2001, p. 12.

10 F. Gracia Alonso: La guerra en la Protohistoria, Ariel, Barcelona 2003, p. 150.

11 K. Marx y F. Engels: Manifiesto del Partido Comunista. Obras Escogidas. Progreso. Moscú 1976. Tomo I, p. 126.

12 Emile Wanty: La Historia de la Humanidad a través de la guerra. Alfaguara. Madrid 1972. Tomo I. p. 69.

13 AA.VV: Técnicas bélicas del Mundo Antiguo 3000 a.C-500 d.C. Libsa. Madrid 2006. Págs.: 8-9.

14 Nick Sekunda: El ejército persa 560-330 A. C. Ediciones del Prado. Ejércitos y Batallas Nº 38. Madrid, 1994, p. 23.

15 Tucídides: Historia de la guerra del Peloponeso. AKAL. Madrid, 1988, p. 310.

16 F. Gracia Alonso: «Santuarios guerreros en la Protohistoria europea», Desperta Ferro, Madrid, 2011, Nº 9, pp. 10-15.

17 K. Hopkins: Conquistadores y esclavos, Península, Barcelona 1981, p. 148.

18 Jean Elleinstein: Marx, su vida, su obra. Argos Vergara. Barcelona 1985, p. 285.

19 Maquiavelo: El Príncipe, Mexicanos Unidos, México, 1979, pp. 105-117.

20 R. Muchembled: Una historia de la violencia, Paidós, Madrid 2010, pp. 367-373.

21 Anthony Pagden: Pueblos e imperios. Mondadori, Barcelona 2002, pp. 131-132.

22 Rafael L. López Valdés: Componentes africanos en el etnos cubano. Ed. Ciencias Sociales. La Habana. 1985, pp. 19-21.

23 D. V. Picotti: La presencia africana en nuestra identidad. Ediciones del Sol. Bs. As. 1998, p. 56.

24 O. Portuondo Zúñiga: Entre esclavos y libres en Cuba Colonial: Oriente. Santiago de Cuba. 2003. pp, 35 y ss

25 Gloria García: Conspiraciones y revueltas Editorial de Oriente. Cuba, 2003.

26 G. La Rosa Corzo: «Los palenques en Cuba: Elementos para su reconstrucción histórica». La esclavitud en Cuba. AC de Cuba. La Habana 1986., pp. 86-123.

27 O. Portuondo Zúñiga: Entre esclavos y libres en Cuba Colonial. p. 159.

28 Ibid, p. 170.

29 Ibid, p. 172.

30 Ashley J. Bohrer: Marxismo e interseccionalidad. Verso, Barcelona 2025.

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