
Al chovinismo español se le ven las vergüenzas con extrema facilidad. Su carácter islamófobo, machista, racista y andalófobo aparece en cada momento que sus partidarios se relajan y empiezan a mostrarse tal cual son.
Volvió a ocurrir en el partido “amistoso” entre las selecciones del Estado español y Egipto, celebrado este martes en el RCDE Stadium de Cornellà-El Prat (Barcelona) ante 35.895 espectadores. La proliferación de cánticos de carácter racista e islamófobo por parte de miles de aficionados nacionalistas españoles ha dado la vuelta al mundo.
Según informan RTVE y la agencia EFE, desde el minuto 20 del encuentro, un sector considerable de la grada ubicado en el fondo donde habitualmente se sitúa el grupo ‘La Curva’ entonó repetidamente la consigna «Musulmán el que no bote», dirigiendo el hostigamiento contra la identidad religiosa y cultural de la expedición, la afición visitante y miles de habitantes y ciudadanos que profesan esta religión en el Estado español.
Los hechos no se limitaron al desarrollo del juego, ya que durante la previa del encuentro, una parte importante del público local abucheó y silbó el himno nacional de Egipto. Estas acciones no fueron atajadas de forma efectiva por los abundantes mecanismos de control del estadio. La Real Federación Española de Fútbol (RFEF) se limitó a solicitar por megafonía y a través de los videomarcadores el cese de los cánticos racistas durante el descanso. El evento, planteado como un «test» deportivo antes de la lista del Mundial de Fútbol, terminó exponiendo la permeabilidad de las instituciones deportivas españolas ante el racismo que los aficionados manifiestan.
La gestión institucional de este episodio de violencia verbal y simbólica contra los musulmanes muestra la retórica del «consenso» que suele aplicar la RFEF ante situaciones de odio motivado por el españolismo. Mientras el organismo insiste en su «compromiso en la lucha contra el racismo», los hechos concretos en las gradas de Cornellà-El Prat muestran la tibieza de estos organismos, que no quieren y no pueden parar a los grupos nacionalistas aficionados que utilizan el fútbol como plataforma de propaganda reaccionaria y estigmatización del «otro» por su origen o religión.
No hay solución posible para el Estado español porque quienes lo defienden siempre han compartido el mismo modelo de sociedad autoritaria, caciquil, machista y retrógrada.






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