65 años del primer vuelo espacial de la historia

Era la madrugada del 12 de abril de 1961 en el cosmódromo de Baikonur (República Socialista Soviética de Kazajistán). Desde la cápsula, una voz firme y breve quedó registrada en las comunicaciones:

—“¡Poyekhali!” (“¡Allá vamos!”).

Al aparato, un joven de 27 años, hijo de un carpintero y una lechera: Yuri Alexeyevich Gagarin. El intrépido piloto estaba a punto de convertirse en el primer ser humano en viajar al espacio. Sobre la plataforma, el Vostok-1 basado en el misil R-7 aguardaba encendido. En su cima, la nave: una esfera presurizada de poco más de dos metros de diámetro, diseñada para operar de forma casi completamente automática.

A las 06:07 UTC, los motores se encendieron y la nave despegó como una flecha en llamas. Durante el ascenso, que duró unos nueve minutos, Gagarin soportó intensas aceleraciones, para las que había sido entrenado durante meses. Sus comunicaciones intermitentes, registradas por radio, muestran que el piloto se mantuvo consciente y operativo, informando con calma del desarrollo del vuelo.

En un momento determinadl del ascenso, las corazas de emergencia se desprendieron, y por la ventanilla asomó un azul oscuro tan profundo que se extendía hasta el negro infinito. Y entonces, el silencio. El cohete se había separado, y Gagarin flotaba en el espacio. Literalmente. Durante 89 minutos, a 27.400 km/h y a 327 kilómetros de altitud, orbitó el globo. Por primera vez en la historia, un ser humano experimentaba la ingravidez en vuelo orbital. Gagarin informó que se encontraba bien, que podía ver la Tierra con claridad y que el estado de ausencia de peso no le impedía pensar ni trabajar. Durante el vuelo, observó la curvatura terrestre, la atmósfera y el contraste entre la superficie iluminada y la oscuridad del espacio. En sus informes posteriores describiría la Tierra como extraordinariamente bella. También probó comida en tubos y manipuló objetos que flotaban dentro de la cabina, confirmando que las funciones básicas eran posibles en ese entorno.

Tras poco más de una hora en órbita, el sistema automático inició la secuencia de reentrada. En ese momento se produjo un problema técnico: el módulo de servicio no se separó inmediatamente de la cápsula, lo que provocó movimientos bruscos y rotación durante varios minutos. Finalmente, las conexiones cedieron por efecto del calor y la fricción, permitiendo que la cápsula adoptara la orientación correcta. Al reingresar, Gagarin soportó fuertes fuerzas de aceleración mientras el escudo térmico protegía la nave del intenso calentamiento. Más tarde describiría la sensación de estar rodeado de plasma incandescente, como si estuviera dentro de una bola de fuego. Por momentos, ni él ni el centro de control supieron si la cápsula resistiría. Pero resistió.

La Vostok no contaba con ningún sistema de aterrizaje suave. Simplemente, a 7 km de altura, el cosmonauta eyectó, como estaba previsto, y descendió en paracaídas. Desde las alturas, veía unos vastos campos arados y un río, hasta que llegó el aterrizaje. No fue en el mar, como temía, ni a 110 kilómetros de Stalingrado, donde estaba previsto, sino en un prado cerca de la aldea de Smelovka (Oblast de Saratov, distrito Engels), a 720 km al sureste de Moscú; pero en definitiva, en la Unión Soviética, en casa. Salvo por algunos imprevistos técnicos, la arriesgada misión había sido todo un éxito. Una mujer y su nieta, que se encontraban arando en el campo, se asustaron al ver descender a aquel «extraterrestre». Reconstrucciones posteriores afirman que Gagarin las calmó diciéndoles: «¡Soy soviético, soy suyo!».

Del cosmonauta al mito: «Es una responsabilidad para con toda la humanidad»

Poco después, las autoridades confirmaron el éxito de la misión. Desde Moscú anunciaron al mundo que la Unión Soviética había colocado al primer ser humano en órbita terrestre. La radio estatal interrumpía la emisión para anunciar la hazaña ante millones de ciudadanos del país euroasiático. Las ciudades y las aldeas más recónditas de la URSS estallaron de júbilo y orgullo, con estudiantes y trabajadores que salieron a las calles improvisando carteles. En Nueva York, París, Londres y demás ciudades de occidente la prensa titubeó antes de rendirse en silencio ante la evidencia: un hombre había volado alrededor del mundo en 108 minutos desde el espacio exterior. Aquel hombre no era ni estadounidense ni europeo, era soviético. Los norteamericanos y sus aliados, que llevaban años de retraso en la carrera espacial, tragaban saliva. La noticia recorrería el mundo entero en seguida.

Aquella mañana de abril, cuando descendió de los cielos, Gagarin fue recibido entre sonrisas y flores. El PCUS organizó una larga caravana de vehículos en la que desfiló escoltado por los funcionarios de mayor rango del Kremlin, donde le aguardaba una celebración. Inmediatamente le fue otorgado el título de Héroe de la Unión Soviética. No se veían semejantes celebraciones desde el Día de la Victoria.

Fotos: Archivo de TASS

Días más tarde, ofreció una rueda de prensa en Moscú ante cientos de periodistas, en lo que sería el inicio de un largo tour que forjaría la figura del carismático y sonriente cosmonauta que saludaba al mundo. Gagarin visitó el Reino Unido, Brasil, Bulgaria, Canadá, Cuba, Checoslovaquia, Finlandia, Hungría e Islandia, y en los siguientes años aceptó hasta una treintena de invitaciones más. En Washington temían esta fama, y no quisieron que el pueblo estadounidense recibiera al cosmonauta soviético: el presidente John F. Kennedy le vetó la entrada a EEUU.

La figura de Gagarin se había convertido en icono del éxito del sistema soviético, sirviendo de ejemplo para sus conciudadanos, como él mismo lo manifestaría en su libro Veo la tierra. Cuando un periodista le preguntó qué había sentido al ver la Tierra desde lo alto, él respondió con una profunda sencillez: «Vi nuestra casa. Y es frágil. Cuidémosla». En otra de sus declaraciones públicas más recordadas, Gagarin le dedicó las siguientes palabras a la humanidad:

«Queridos amigos que conozco y no conozco, gente de todos los países y continentes. Me causa una gran felicidad ser el primer hombre en ir al espacio, en enfrentarme solo a un duelo sin precedentes con la naturaleza. ¿Hay algo más grande que eso? Pero, tras aceptar el reto, pensé en la gran responsabilidad que conlleva ser el primero en realizar algo que otros llevan generaciones soñando. En abrir el camino al espacio para el ser humano. Decidme unas tareas más complicadas que las mías. No es una responsabilidad para con una persona, ni unas cuantas, ni un colectivo. Es una responsabilidad para con todos los soviéticos. Para con toda la humanidad, su presente y su futuro. Y ahora os digo: hasta pronto, amigos. Como dicen aquellos que se embarcan en un largo viaje. Me gustaría abrazaros a todos, conocidos o no, amigos íntimos o desconocidos. Hasta pronto».

Como se desprende de sus palabras, el vuelo de Gagarin no fue el vuelo de una sola persona. Fue el vuelo de toda una civilización que había impulsado décadas de inversión sostenida en investigación, fue el vuelo del trabajo colectivo de miles de ingenieros, científicos y obreros soviéticos que ejercían su labor bajo una estructura económica que no supeditaba la investigación al beneficio privado, y así fue celebrado por millones de trabajadores soviéticos, como una victoria compartida, una victoria de todos. La URSS reivindicó la gesta más allá de lo técnico y científico, como materialización de una concepción de la ciencia como bien común, impulsada por la dictadura del proletariado y puesta al servicio de la sociedad, con descubrimientos educativos y científicos para millones de personas. La misión de Gagarin demostró que los humanos podían sobrevivir al lanzamiento, la microgravedad, la órbita y la reentrada, e incluso operar en plenas capacidades en el espacio exterior. Esto abrió la puerta a todas las misiones posteriores: estaciones espaciales, paseos espaciales, alunizajes y exploración robótica. Sin este paso, el desarrollo de la astronáutica tripulada se habría retrasado significativamente. Además, muchas de las tecnologías derivadas de la hazaña luego beneficiaron a la sociedad civil: satélites meteorológicos, de telecomunicaciones y observación terrestre, así como mejoras en informática, materiales compuestos, medicina con monitoreo remoto y más.

Pero probablemente el mayor logro del vuelo de Gagarin fue el cambio que supuso desde un punto de vista antropológico: fue el primer ser humano que vio la Tierra desde el espacio exterior, describió su belleza, contribuyó al surgimiento del «efecto de visión general», que fomenta una conciencia de la fragilidad del planeta y el sentimiento de unidad del género humano más allá de fronteras, ideales acordes al internacionalismo proletario. Este ejemplo vivo inspiró a trabajadores de distintos campos a investigar, obrar, descubrir y luchar por un mundo mejor. Gagarin, en definitiva, se convirtió en un icono universal, como anticipaba su gira mundial que tanta admiración y fascinación generó, promoviendo temporalmente un sentido de logro compartido de la humanidad que EEUU nunca llegaría a alcanzar del todo, ni siquiera con su aterrizaje lunar. Por ello, el cosmonauta se convirtió un preciado mito para la URSS, que no le permitiría volver a pilotar una nave al espacio y temía incluso que condujera aeronaves comunes. Siete años después de su viaje a las estrellas, se confirmó el temor del Kremlin: el 27 de marzo de 1968 murió en un accidente de aviación durante un vuelo rutinario de entrenamiento.

Funeral de Estado de Yuri Gagarin y Vladimir Seregin.

La efeméride de su histórico vuelo llega en un contexto radicalmente opuesto. Hoy el dominio de la órbita terrestre aparece vinculado a empresas privadas como SpaceX, propiedad del oligarca Elon Musk, que dominan con contratos vinculados a vuelos espaciales como la reciente Misión Artemis. En el caso de la propia Roscosmos, heredera administrativa del programa espacial soviético, ha visto reducido su presupuesto drásticamente desde 1990, perdiendo el liderazgo mundial en lanzamientos. Los vuelos comerciales actuales se ofertan a precios que superan los 200.000 dólares por asiento y las agencias espaciales de Estados Unidos y Europa subcontratan cada vez más sus misiones a corporaciones privadas que cotizan en bolsa, cuando no colaboran directamente en misiones que estudian la explotación privada de minerales en la Luna.

Con la URSS disuelta y los capitalistas gobernando el mundo a su antojo, la exploración espacial avanza hacia la privatización, la explotación y la militarización burguesa al servicio de los beneficios y los estados que los blindan. La OTAN declaró el espacio como “dominio de operaciones” en 2019, y los presupuestos militares espaciales han superado a los civiles en países como EEUU. La Agencia Espacial Europea anuncia nuevas colaboraciones con la empresa Airbus y la NASA refuerza sus acuerdos con SpaceX, pero ninguno de estos proyectos logra generar ni la más mínima ilusión del vuelo tripulado por aquel sonriente cosmonauta soviético que saludaba al mundo. Esto no tiene tanto que ver con los programas espaciales actuales en sí, sino con el sistema social que los sostiene desde la tierra. En ese sentido, la lección de la nave Vostok-1 y Gagarin sigue más vigente que nunca: solo una ambición emancipadora revolucionaria organizada sobre una fuerza material avanzada puede desencadenar realmente el potencial técnico y científico históricamente alcanzado por el ser humano. Solo así se puede evitar que las fuerzas de la historia se vuelvan autodestructivas, solo así se puede asegurar que los avances tecnológicos se consoliden realmente como conquistas al servicio de las mayorías, conquistas que estén a la altura de los sueños más bellos del ser humano, un ser que no puede dejar de imaginar y de trabajar por un mundo en el que tocar el cielo se vuelve realidad para los más humildes.

Fuente: Diario Socialista.

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