Sindicato Unitario de Andalucía sobre el 1º de Mayo: «Contra el capitalismo, ni reformas ni sumisión. Poder obrero andaluz»

El 1º de mayo no es una fecha cualquiera en el calendario. Es, ante todo, un recordatorio incómodo: todo lo que la clase trabajadora ha conquistado lo ha hecho luchando. Nada fue regalado. Y nada será regalado.

En Andalucía, esta afirmación no es una consigna abstracta, sino una realidad cotidiana. Vivimos en una tierra rica en recursos y en capacidad humana, pero empobrecida por un modelo económico que nos sitúa en una posición subordinada: salarios bajos, precariedad estructural, dependencia productiva y un mercado laboral marcado por la temporalidad y la inseguridad.

Desde la perspectiva del Sindicato Unitario de Andalucía, esto no es casual. Es la consecuencia lógica de un sistema —el capitalismo— cuya base es la extracción de plusvalía, es decir, la apropiación del trabajo ajeno por parte de la minoría que ostenta el poder económico y que, por ello, controla y dirige los demás poderes del Estado. En ese marco, Andalucía funciona como una colonia interna: produce riqueza, pero no la retiene.

Esta realidad ya fue intuida, desde otras coordenadas históricas, por figuras como Fermín Salvochea y Blas Infante.

Salvochea, desde su práctica revolucionaria y municipalista, entendió que la cuestión social no podía separarse de la vida concreta de la clase obrera. Su defensa de la justicia social, de la redistribución y de la dignidad de los más humildes no era teórica: era una forma de acción política directa frente a un orden injusto. En su experiencia, especialmente durante el cantonalismo andaluz, aparece una idea clave: sin transformación de las condiciones materiales de vida, no hay libertad real.

Por su parte, Blas Infante vinculó la cuestión social con la cuestión nacional andaluza. Identificó que la situación de Andalucía no era solo económica, sino también política: una tierra subordinada, cuya riqueza era sistemáticamente apropiada desde fuera. Su pensamiento señala un punto de conexión fundamental con el análisis marxista: la necesidad de que los pueblos controlen sus propios recursos para poder garantizar justicia social.  

Hoy, esa doble lectura —social y territorial— sigue plenamente vigente. Y no solo en los centros de trabajo, sino también en el escenario internacional. Las guerras actuales no pueden entenderse al margen de los intereses económicos que las sostienen: control de recursos, mercados, rutas estratégicas. Mientras los pueblos ponen los muertos, el capital acumula beneficios. Y esa dinámica también nos afecta aquí. Andalucía forma parte de esa geografía del capital: bases militares, infraestructuras al servicio de estrategias externas, y una economía vulnerable a las decisiones de actores que están muy lejos de nuestra realidad.

Pero si hay una expresión especialmente cruda de esa violencia estructural que convierte a seres humanos en recursos humanos, es la siniestralidad laboral. En Andalucía mueren, de media, dos trabajadores a la semana en accidentes laborales. No estamos ante hechos aislados ni inevitables. Estamos ante consecuencias directas de un modelo productivo que prioriza el beneficio sobre la vida. Falta de medidas de seguridad, ritmos de trabajo intensivos, externalizaciones, precariedad… todo ello configura un entorno donde trabajar puede costar la vida.

Las cuatro muertes en el primer trimestre del año por accidentes laborales en Huelva no son una excepción. Es parte de un patrón. Nombrarlo es importante. Porque frente a la lógica deshumanizadora del sistema, que convierte las vidas en estadísticas, el movimiento obrero tiene la tarea de devolverles su dimensión concreta: eran compañeros, tenían nombres, historias, familias. Y sus muertes interpelan directamente a las condiciones en las que se organiza el trabajo.

En este punto, la ética política de Salvochea vuelve a ser pertinente: no hay justicia posible si se tolera el sufrimiento evitable de la mayoría. Y, en clave andaluza, también resuena la denuncia de Infante sobre una tierra donde las condiciones de vida de su pueblo han sido históricamente subordinadas a intereses ajenos.

En este contexto, las luchas actuales en Andalucía adquieren una importancia central. El actual conflicto de los compañeros del metal en Cádiz es un ejemplo claro. Es la expresión de una clase trabajadora que se niega a aceptar la pérdida constante de derechos, que se organiza y que confronta a la patronal y al sindicalismo de concertación. Su capacidad de movilización conecta con una larga tradición de lucha en la Bahía, donde la conciencia obrera ha sido históricamente un elemento de resistencia. No es casual que Cádiz, tierra de Salvochea, siga siendo hoy un referente de combatividad obrera.

Del mismo modo, la situación de clase jornalera en revela otra cara del mismo sistema. La agricultura intensiva, uno de los pilares económicos de la región, se sostiene en gran medida sobre condiciones laborales y de vida que no cumplen unos mínimos de dignidad: jornadas extenuantes, salarios bajos. Considciones indignas que se convierten en condiciones de esclavitud en el sector de la clase jornalera andaluza víctimas de las mafias del tráfico de personas, a los que la Patronal no duda en usar en cualquier momento,  recluidos en asentamientos sin servicios básicos y trabajando sin ningún derecho.

Aquí el capital opera mediante una doble explotación: económica y social. Utiliza la vulnerabilidad administrativa y la exclusión para imponer condiciones que serían más difíciles de aplicar a otros sectores de la clase trabajadora.

Esta realidad interpela directamente al ideal de justicia social que tanto Salvochea como Infante defendieron, cada uno desde su perspectiva: una sociedad donde la dignidad no dependa del origen, la condición o la posición económica.Por eso, cualquier planteamiento sindical que aspire a ser transformador debe partir de una premisa clara: no hay clase trabajadora de primera y de segunda. La división solo beneficia al capital.

Desde el sindicalismo de clase que representa el Sindicato Unitario de Andalucía, la tarea es precisamente la contraria: construir unidad.

Unidad entre sectores.

Unidad entre territorios.

Unidad entre trabajadores autóctonos y migrantes.

Porque la fragmentación es una de las principales herramientas de dominación del capitalismo. Ahora bien, la unidad por sí sola no es suficiente. Debe ir acompañada de organización y de lucha.

La experiencia histórica del movimiento obrero demuestra que los derechos no se consolidan mediante la mera negociación, sino a través de la presión organizada. La huelga, la movilización y la acción colectiva no son anomalías: son mecanismos fundamentales de equilibrio frente al poder del capital.En este sentido, el sindicalismo no puede limitarse a gestionar lo existente. Tiene que aspirar a transformarlo.

Eso implica plantear alternativas: control social de los sectores estratégicos, garantía de condiciones laborales dignas, acceso universal a la vivienda, fortalecimiento de los servicios públicos. Pero, sobre todo, implica cuestionar las bases mismas de un sistema que convierte la vida en mercancía.En términos que hoy podríamos releer tanto desde Marx como desde Infante, se trata de avanzar hacia una sociedad donde la riqueza producida colectivamente revierta en la mayoría social y donde los pueblos dejen de estar subordinados a intereses externos.

El 1º de mayo, por tanto, no es solo una jornada reivindicativa. Es también un momento de clarificación.

Frente a un modelo que genera precariedad, desigualdad y violencia —tanto en forma de guerras como de siniestralidad laboral—, la respuesta no puede ser individual. Solo puede ser colectiva.

Organizarse no es una opción ideológica. Es una necesidad material. Y en Andalucía, esa necesidad es urgente. Porque aquí, más que en otros lugares, se cruzan todas las contradicciones del sistema: dependencia económica, precariedad laboral, explotación agraria, uso estratégico del territorio y una larga tradición de lucha obrera.

Esa tradición no es un recuerdo. Es una herramienta.De Salvochea a Infante, de las luchas jornaleras a los conflictos actuales, hay un hilo común: la dignidad no se concede, se conquista.

Y el 1º de mayo es un buen momento para recordarlo: la historia no la escriben quienes se adaptan, sino quienes se organizan y luchan. Esa sigue siendo la tarea.

Sindicato Unitario de Andalucía.

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