
Es habitual encontrar en redes sociales, documentales sensacionalistas o discursos políticos la afirmación de que el nazismo y el comunismo fueron “aliados” por el Pacto Ribbentrop-Molotov de agosto de 1939. La frase se repite como si fuera un hecho evidente: “Stalin y Hitler se repartieron Polonia y se aliaron contra Occidente”. Esta simplificación es falsa y obedece más a la propaganda de la Guerra Fría que a la realidad histórica. El pacto no fue una alianza ideológica ni militar, sino un acuerdo temporal de no agresión firmado por dos regímenes que se consideraban enemigos existenciales. La URSS buscaba ganar tiempo ante la inminente guerra que sabía inevitable.
La URSS intentó desde 1935 una gran alianza antifascista con Occidente
Desde que Hitler llegó al poder en 1933, la diplomacia soviética, dirigida por el comisario de Asuntos Exteriores Maxim Litvínov, adoptó la política de “seguridad colectiva”. El objetivo era claro: crear un frente común con Gran Bretaña, Francia y otros países democráticos contra la amenaza nazi.
En 1935 la URSS firmó pactos de asistencia mutua con Francia y Checoslovaquia. En 1936-1939 propuso repetidamente una conferencia internacional para detener la agresión alemana. En la Guerra Civil española (1936-1939) fue el único Estado que prestó ayuda militar significativa a la República (tanques, aviones, asesores y las Brigadas Internacionales), mientras Gran Bretaña y Francia aplicaron una política de “no intervención” que, en la práctica, favoreció a Franco y a sus aliados nazi-fascistas. En marzo de 1938, tras el Anschluss de Austria, la URSS ofreció tropas para defender Checoslovaquia si Francia cumplía su compromiso. La oferta fue ignorada.
El punto culminante de esta pasividad occidental fue el Acuerdo de Múnich de septiembre de 1938. Gran Bretaña y Francia entregaron a Hitler los Sudetes checoslovacos sin contar con la URSS ni con Checoslovaquia. Stalin vio con claridad que las democracias occidentales preferían apaciguar a Hitler antes que aliarse con la “bolchevique” URSS. La política de “seguridad colectiva” había fracasado.
Las negociaciones de 1939: el último intento fallido
En la primavera-verano de 1939, mientras Hitler preparaba la invasión de Polonia, la URSS reabrió negociaciones tripartitas con Gran Bretaña y Francia para formar una alianza militar. Las conversaciones se celebraron en Moscú en julio y agosto. Los soviéticos exigían garantías concretas: derecho de paso de tropas soviéticas por Polonia y Rumanía y un compromiso claro de defensa mutua.
Las delegaciones británica y francesa llegaron tarde, sin poderes reales y con instrucciones de prolongar las conversaciones. Polonia, que iba a ser la primera víctima, se negó rotundamente a permitir el paso de tropas soviéticas. El 21 de agosto las negociaciones se suspendieron sin acuerdo.
Solo entonces, y ante la evidencia de que Occidente no estaba dispuesto a combatir junto a la URSS, Stalin autorizó a su ministro de Exteriores, Viacheslav Mólotov, a firmar con Joachim von Ribbentrop el tratado de no agresión germano-soviético el 23 de agosto de 1939.
¿Qué fue realmente el pacto?
Fue un pacto de no agresión, no una alianza militar. No preveía cooperación militar, intercambio de tecnología ni planes conjuntos. Incluía un protocolo secreto que delimitaba esferas de influencia en Europa del Este (Polonia, Países Bálticos, Finlandia, Besarabia). Este protocolo era pragmático: permitía a Stalin desplazar la frontera soviética hacia el oeste y ganar un “colchón” territorial.
Stalin lo explicó claramente en su círculo íntimo: “Ganamos tiempo”. Sabía que la guerra con Alemania era inevitable; el pacto la retrasaba. Hitler, por su parte, lo vio como un instrumento temporal para evitar una guerra en dos frentes mientras conquistaba Polonia y preparaba el ataque final contra la URSS. Nunca dejó de considerar al bolchevismo como su enemigo principal (véase Mi lucha y los planes de Lebensraum en el Este).
La prueba definitiva: la Operación Barbarroja
El 22 de junio de 1941 Hitler lanzó la mayor invasión de la historia contra la URSS. Ningún “aliado” ataca a su socio con tres millones de soldados. El pacto se rompió en el momento en que dejó de ser útil a Alemania. La URSS pagó un precio terrible (más de 27 millones de muertos), pero resistió y destruyó el nazismo.
Presentar el Pacto Ribbentrop-Molotov como prueba de que “nazismo y comunismo eran lo mismo” es una falsedad histórica que ignora hechos decisivos: la URSS buscó activamente una alianza antifascista con Occidente desde 1935; esa alianza fue rechazada por la política de apaciguamiento británica y francesa; el pacto de 1939 fue un acuerdo táctico de supervivencia, no una alianza ideológica; los dos regímenes trataron de destruirse mutuamente en cuanto tuvieron oportunidad.
El verdadero “aliado” de Hitler entre 1939 y 1941 fue la pasividad occidental que permitió el rearme alemán y la conquista de media Europa. Reducir la complejidad de aquellos años a un meme simplista (“Stalin y Hitler eran aliados”) no solo es falso: es una forma de exculpar la responsabilidad de las democracias liberales en el estallido de la Segunda Guerra Mundial. La historia, cuando se cuenta completa, es mucho más incómoda para todos los bandos.
Por Joan Balfegó.
Fuente: Nueva Revolución.






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