
Hace cien años nació no solo uno de los más grandes antimperialistas de nuestra época, sino también uno de los políticos más atacados por sus adversarios: Fidel Castro Ruz.
Pocas figuras han sido objeto de tantas campañas de mentiras y difamación como el Comandante en Jefe cubano. Y acaso ello se explique porque su simple recuerdo continúa provocando pavor entre sus enemigos.
Su personalidad es un espejo que devuelve una diferencia que el paso del tiempo no ha conseguido borrar: la que existe entre quienes consagraron su vida a defender la dignidad de los pueblos y quienes hicieron de su sometimiento una forma de poder.
Fue el triunfo de la Revolución Cubana, y la comprobación concreta de lo que los pueblos latinoamericanos podían esperar de Washington cuando intentaran hacer realidad sus aspiraciones de autodeterminación, lo que avivó las llamas del antimperialismo en toda la región.
Fidel y la pedagogía del antimperialismo
A partir del proceso revolucionario, Fidel comenzó a desplegar una verdadera pedagogía de masas que se profundizó al ritmo de las agresiones contra la Isla y de los embates dirigidos contra los gobiernos reformistas o de izquierda que comenzaron a abrirse paso en América Latina y el Caribe.
Con una inigualable claridad argumentativa, formidables dotes de orador, una excepcional inteligencia y una memoria privilegiada, capaz de abrumar a cualquier contendiente con un torrente de datos e informaciones concretas ante las cuales quedaba muchas veces desarmado, Fidel colocó definitivamente la cuestión del imperialismo en el debate público latinoamericano.
Sin embargo, la incorporación del antimperialismo al pensamiento político de la región no fue inmediata ni estuvo exenta de resistencias.
Incluso en sectores de la izquierda, y en plena Guerra Fría, apelar a esa categoría podía ser interpretado como una adhesión sin matices a la experiencia soviética, cuidadosamente reducida por el discurso dominante a la etiqueta del estalinismo.
De Playa Girón a Vietnam: un nuevo clima político
Las continuas intervenciones militares y políticas de Estados Unidos en América Latina, su respaldo a numerosos golpes de Estado y masacres populares, la invasión de Playa Girón, la Crisis de Octubre de 1962, el apoyo al golpe de Estado en Brasil en 1964 y la invasión de República Dominicana en 1965 contribuyeron a modificar ese escenario.
A ello se sumó la repulsa internacional provocada por la agresión estadounidense contra Vietnam.
En ese contexto, la prédica de Fidel y la del Che Guevara abogaron por la necesidad del antimperialismo en el debate político regional.
El proceso estuvo lejos de ser inmediato. Los mecanismos ideológicos de las sociedades capitalistas reaccionan con rapidez ante cualquier discurso o consigna que cuestione el orden social establecido. Pero acontecimientos como el asesinato del Che Guevara en Bolivia y el golpe de Estado contra Salvador Allende en Chile en 1973 terminaron de erosionar muchas de las defensas con las que el pensamiento dominante había intentado contener aquella crítica.
Para entonces, el antimperialismo se había convertido en un componente difícil de eludir dentro de cualquier discurso político que pretendiera cuestionar las estructuras de dependencia y desigualdad de las sociedades latinoamericanas.
El “choque” con el imperio y su vigencia
Una de las formulaciones más claras de esa concepción fue pronunciada por Fidel el 1 de enero de 1961:
“La Revolución cubana tenía que chocar, necesariamente, con el imperio poderoso. ¿Hay algún ingenuo en este mundo que se crea que se podía hacer una reforma agraria, privar de la tierra a las grandes compañías imperialistas sin chocar con el imperialismo? ¿Había algún ingenuo en este mundo que creyera que se podían nacionalizar los servicios públicos sin chocar con el imperialismo? ¿Había algún ingenuo que creyera que se podía aspirar a tener una economía independiente y una vida política independiente sin chocar con el imperialismo?”.
Más de seis décadas después, aquellas palabras conservan particular vigencia a la luz de los obstáculos, presiones y mecanismos de condicionamiento que Washington continúa ejerciendo sobre los procesos progresistas latinoamericanos, especialmente contra la Revolución Cubana.
El “choque” con el imperialismo, para retomar la metáfora de Fidel, ya no opera exactamente bajo las mismas formas.
A las formas tradicionales de presión se han sumado otras más sofisticadas y, en algunos casos, extremas: el terrorismo mediático, el lawfare, la persecución y captura de dirigentes, como ocurrió con el presidente venezolano, el cerco energético y económico contra Cuba, agudizado durante 2026, la estigmatización de los liderazgos progresistas y de izquierda, la proscripción política y los llamados golpes de mercado.
Cambian los métodos, permanece la disputa
Los métodos han cambiado, pero la disputa de fondo permanece. En ella continúa enfrentándose la voluntad de los pueblos de decidir soberanamente su destino con los intereses de quienes buscan preservar relaciones de poder y dependencia en la región.
Quizás una de las razones por las que Fidel Castro continúa siendo una figura incómoda, cien años después de su nacimiento, sea precisamente esa: el antimperialismo que defendió no quedó confinado a una época. Permanece como una cuestión abierta sobre la soberanía, la dignidad y el derecho de los pueblos de América Latina y el Caribe a construir su propio camino.
Fuente: Almayadeen.






Deja un comentario