
«Quiebra de Europa y de España tradicional. Es la hora»(1)
«España fue y es una hacienda unificada por el derecho divino de los reyes»(2)
«Y sólo cuando el cacique se ponga enfrente […] deberá ser atacado; pero en este caso ha de serlo con violencia implacable, con ira inmensa y desprecio profundo, como si todo el virus de la degeneración andaluza estuviese acumulado en su repugnante cabeza». (3)
Las tres citas de Blas Infante escogidas del libro de Carlos Ríos sobre el revolucionario andaluz abajo referenciado, encuadran el fin de este comentario. La primera cita nos abre el camino a la actualidad del pensamiento infantiano en el siglo XXI al plantear la cuestión de la «quiebra», de la crisis capitalista y las perspectivas que se abren con ella. A partir de aquí, la segunda nos lleva a fallas estructurales de «España» que imposibilitan el desarrollo de la libertad plena en el siglo XXI. Y la tercera nos lleva al debate clásico en la historia de la emancipación humana y crucial también en el presente, sobre la violencia opresora y la oprimida, y sobre la dialéctica entre los fines y los medios.
J. Carlos Ríos ha hecho una síntesis imprescindible del rico y complejo ideal andalucista de Blas Infante, nacido en 1885 en Casares, Málaga. Persona inteligente y metódica, hizo la carrera de Notaría en la mitad de tiempo. Para finales de 1913, con 28 años, era ya conocido por sus ideales andalucistas. Para esos años, el notario andaluz ya conocía la historia de la lucha de su pueblo en el siglo XIX como la proclamación de independencia en 1873 durante la Revolución Cantonal (p. 73). Más adelante, leyó la Constitución de
Antequera de 1884 y en 1919 fue testigo del tremendo movimiento detrás del lema: «¡Viva Andalucía libre! ¡Muerte a los caciques!» (p. 103).
Carlos Ríos nos advierte de que sus obras últimas, las que mejor expresan su pensamiento revolucionario, fueron quemadas por su viuda cuando él fue detenido en un vano intento de evitar su asesinato. Blas Infante fue fusilado sin juicio previo por los fascistas el 11 de agosto de 1936 en Sevilla, se sabe exactamente dónde se produjo el crimen pero aún se desconoce dónde están sus restos. Se le hizo un parodia de juicio póstumo el 4 de mayo de 1940 que le condenó a muerte y también condenó a su viuda al pago de una multa de 2.000 pts., una fortuna en aquella época. Todo eso casi cuatro años después de su asesinato. Inmediatamente después el franquismo se lanzó a denigrarlo acusándole de todo para luego intentar sepultarlo por segunda vez liquidando su memoria. Con la “transición” el bloque reformista en su conjunto ha falsificado las ideas infantianas en cinco aspectos centrales que Carlos Ríos reivindica y enumera así: 1) Blas Infante no era «autonomista».
2) Blas Infante no era defensor de la «integridad» del Estado español. 3) La Andalucía libre de Blas Infante era una Andalucía internacionalista. 4) Blas Infante era profundamente anticapitalista. 5) El «hombre nuevo» y el «nuevo pueblo andaluz» de Blas Infante. (pp. 21-31).
La quíntuple característica del pensamiento infantiano se fusionan en una que destroza el intento de presentar al notario de Casares como ese burgués (p.48) anhelado por el reformismo sea cual fuere su careta externa. La cuestión de la propiedad de la tierra fue la que separó en dos bloques antagónicos al andalucismo reformista del andalucismo revolucionario, con el que él se identificaba. El primero se limitaba a medidas pobres y superficiales que en el fondo reforzaban el sistema explotador; el segundo fue resumido
así en 1921 por el notario de Casares: «Revolución a todo trance contra el régimen capitalista; pero revolución no formal, o legislativa, o burocrática, sino revolución honda, esencial o fundamental del espíritu» (p.17). La propiedad de la tierra o si se quiere la propiedad de la vida, rompió las relaciones entre ambos sectores porque entonces y ahora la propiedad privada en sí y en especial la de la tierra, es el nudo gordiano del futuro de
Andalucía y de la Humanidad.
Blas Infante exigía que: «la tierra andaluza para el jornalero andaluz» (p. 40). Más aún, entendía que la recuperación por los campesinos de la tierra privatizada por y para le burguesía, o para decirlo directamente, la revolución o reforma agraria radical, era el primer paso al comunismo (p. 41). No era una crítica nueva, ya que negó el derecho burgués de propiedad desde los inicios de su conciencia política (p.33), siendo como era «un comunista sin ambages» (p.35) que se jugaba la vida explicando por qué había que organizar «una valiente y aún temeraria acción revolucionaria» (p. 60) que acelerara la
«revolución que suprima todas las clases» (p.112).
¿Qué entendía Blas Infante en 1931 por «quiebra» de Europa y del Estado español? ¿Había llegado la hora de qué? Si en 1931 era la hora de un avance sostenido hacia la libertad de Andalucía ¿podemos pensar lo mismo en 2026, casi un siglo después?
¿Podemos hablar de la misma «quiebra» capitalista entonces y ahora? ¿Y si sí podemos hacerlo… cómo debemos proceder? La reflexión que proponemos aprovechando el libro de Carlos Ríos se sostiene alrededor de estas y otras preguntas.
Blas Infante habló de «quiebra» europea y española en 1931. Las escribió para denunciar el complot españolista contra un mitin de la candidatura andalucista de Blas Infante, en la base aérea de Tablada. Todo indica que se buscaba criminalizarle de cara a las próximas elecciones porque el andalucismo revolucionario echaba raíces en el pueblo. La formación teórica de Blas Infante era, además de otras corrientes, sobre todo una mezcla de socialismo utópico, teoría marxista indirecta (p. 50) pero básica, influencias de cierto anarquismo, mucho aprendizaje crítico de la historia rebelde sobre todo de la revolución rusa y otros componentes menores. En base a esto pudo sostener que el Estado español y Europa estaban en quiebra y por tanto había llegado la hora de actuar. Carlos Ríos hace bien en seguir los hilos que conectan al notario de Casares con revolucionarios posteriores como Martí, Che Guevara, Frantz Fanon, H. P. Newton y otros.
En 1873-1892 la primera Gran Depresión creó las condiciones para la expansión imperialista, el estallido de la IGM de 1914-18 y la oleada revolucionaria azuzada por la revolución soviética de 1917. El Trienio bolchevique en Andalucía de 1918-1920 fue decisivo para la praxis de Blas Infante. El PCE se creó en 1921, desde 1923 hasta 1931 la dictadura de Primo de Rivera y luego de Berenguer, intentó «refundar España». Pese a la victoria de la II República en 1931 la derecha estaba organizada y en 1932 el general Sanjurjo fracasó en su golpe de Estado, en 1933 apareció la Falange y se produjo la matanza de Casas Viejas, la Revolución de Octubre de 1934 fue otro aldabonazo y por fin la contrarrevolución de 1936.
Mientras tanto, se producían las primeras guerras regionales de lo que desde 1939 sería la IIGM: en 1931 Japón invadió Manchuria y entre 1932 y 1939 mantuvo una guerra con la URSS. La invasión japonesa de China en 1937 y la guerra entre Finlandia y la URSS en 1939 tensionaban la «quiebra» en su forma de guerras convencionales, porque si a este panorama sumamos las guerras sociales concordamos con la teoría marxista de la crisis.
En 1918, Blas Infante tenía 33 años de edad y una base teórica suficiente para comprender qué estaba sucediendo en las matanzas protonazis que aplastaban a los países bálticos, a Finlandia, Alemania, Hungría…; qué significaban el golpe de Kapp de Hitler en 1920 y la Marcha sobre Roma de Mussolini en 1923; por qué en 1926 se sucedieron la Huelga General británica con la movilización de su ejército y marina para derrotarla, y los golpes fascistas en Polonia, Lituania y Portugal; porqué inmediatamente después de la victoria nazi en 1933 se produjo el golpe fascista en Austria en 1934, y se intensificaba la lucha obrera en el Estado francés para derrotar al fascismo galo preparando la victoria del Frente Popular en 1936.
La interconexión entre guerra convencional y guerra social quedaba así confirmada una vez más poco antes del asesinado de Blas Infante en 1936. Por tanto es lógico interpretar la «quiebra» como uno de los efectos más destructores de la secuencia de crisis que va desde 1918 hasta la segunda Gran Depresión iniciada en 1929, pasando por la crisis de menor importancia de 1921. La teoría de la crisis está presente en el marxismo desde sus mismos orígenes, enriqueciéndose desde entonces. Puede decirse que dialéctica y crisis son sinónimos aunque haya muchas formas de crisis pero todas ellas confluyen con sus ritmos, extensiones e intensidades en una sola: crisis revolucionaria que abre la posibilidad de tránsito al socialismo.
Hay muchas formas de crisis: financieras, industriales, etc., locales o regionales; de sobreproducción, de subconsumo, de desproporción y de tasa de ganancia; relacionadas con ellas están las crisis políticas con sus múltiples expresiones, además de las crisis socioecológicas, militares, sanitarias, energéticas, alimentarias, diplomáticas y un largo etcétera. Luego hay crisis económicas cada siete-diez años, crisis de ondas largas, crisis de grandes depresiones y crisis que desembocan en guerras mundiales. Aquí no tenemos
tiempo para detallar el intrincado enmarañamiento entre ellas, su concatenación y su interacción recíproca, así como las muchas corrientes teóricas que debaten entre sí sobre esta cuestión. Por ejemplo, la dialéctica de lo «endógeno» e «interno», lo «estrictamente» económico, con lo «exógeno» y «externo», lo «estrictamente» político, social, cultural…, también pandemias, cambios climáticos, desastres, etc.
La autonomía relativa de cada una de estos procesos se va acortando en la medida en que la crisis sistémica las subsume y unifica mediante el desarrollo desigual y combinado, en una crisis total que responde en última instancia al antagonismo entre la tendencia al desarrollo de las fuerzas productivas y la naturaleza reaccionaria y criminal de las relaciones sociales de propiedad burguesa. En ese devenir, las fuerzas destructivas, la industria de la matanza humana, aparecen como la fuerza última que garantiza la supervivencia del capital mediante ganancias extraordinarias que se obtienen destruyendo
y reconstruyendo. En ese devenir la dialéctica entre guerra social y guerra convencional actúa a pleno rendimiento precisamente por las especificidades de cada una dentro de la totalidad de la lucha de clases como verdadero motor de la historia.
Ha habido más de dos guerras mundiales, e infinidad de conflictos sociales y guerras convencionales menores, locales, regionales… para salir de respectivas crisis según los intereses en pugna. Las guerras son la forma más directa de romper los nudos gordianos de la historia, cuando otras han fracasado. Todas las crisis genético-estructurales o sistémicas se han resuelto con espirales de violencias algunas de las cuales, las vitales para la ley general de la acumulación de capital, han terminado en guerras mundiales según lo
que en su contexto la ley del valor entendía como «mundo». Por esto el marxismo sostiene con absoluta razón histórica que la violencia es la partera de la sociedad nueva. Por esto el pacifismo a ultranza es una aberración ética.
En contra de lo que se cree superficialmente la esencia de la teoría marxista de la crisis consiste en el problema del poder, en su esencia política: la crisis como posibilidad revolucionaria, dentro de la dialéctica entre lo posible, lo probable, lo necesario y lo ineluctable. Todas las crisis parciales, secundarias, menores, subcrisis, etc., todas nos señalan por debajo de la palabrería al uso hacia la cuestión del poder, del Estado y de la propiedad.
La acción humana, la lucha de clases, es decisiva en la teoría marxista de la crisis que Lenin enuncia mediante tres condiciones: la burguesía no puede mantener su dominio político; la crisis socioeconómica hunde la proletariado y al pueblo trabajador en la miseria insufrible; y la lucha de clases desborda todos los sistemas sociopolíticos, represivos e ideológicos que le alienan, amedrentan e intimidan volviéndola pasiva o colaboracionista. Así se resume la complejidad del pensamiento de Lenin al respecto: «Cuando los de abajo no quieren y los de arriba no pueden». Parafraseando al Manifiesto
Comunista: la crisis de poder estalla cuando el brujo burgués que no puede domeñar las fuerzas que ha desencadenado con sus conjuros, el decir, el espectro del comunismo, y recurre a la violencia más inhumana para que restablecer el orden y la ganancia.
Este proceso puede ser destruido, estancado, ralentizado o desviado porque se trata de lucha de clases y de liberación nacional en condiciones objetivas y subjetivas cambiantes.
La contingencia y el azar también actúan a favor o en contra de la libertad humana. Son difíciles de prever porque deambulamos a ciegas en un desértico páramo intelectual bajo represiones crecientes, en un clima pútrido de irracionalidad y subyugados por los cantos de sirena de reformismo.
Así es lo que le sucedió a la intelectualidad burguesa cuando estalló la tercera Gran Depresión en 2007, que venía precedida por una larga lista de crisis diversas y menores al menos desde mediados de la década de 1990 y sobre todo desde 2001. Es muy comentada la pregunta-reproche que la reina británica hizo a sus consejeros en 2008: «¿Por qué no la visteis venir?». En realidad, la burguesía tampoco vio llegar la crisis de 1929 y la de 1873 no sólo en su versión estrictamente económica sino en su esencia de crisis de poder, por eso tuvo que reaccionar tan salvajemente en todas ellas.
Blas Infante estaba libre de la impotencia burguesa para prever la crisis, y por eso planteó que era llegado el momento de luchar contra la «quiebra» al decir que «Es la hora».
Asumiendo con los hecho ese leninismo que admiraba a pesar de las críticas puntuales que le hacía «por los pasos vacilantes» (p. 49) a la hora de acabar con la propiedad de la tierra, el notario era ferviente impulsor de la colectivización inmediata (p. 50) y de otras medidas tendentes a la rápida concienciación revolucionaria de las clases explotadas, lo cual no fue obstáculo sino incentivo para aceptar a la III Internacional (p. 59) declarando que «soy partidario de los procedimientos de ruda crueldad contra los caciques» (p. 60): «La Revolución proletaria y su fórmula, la Dictadura del Proletariado, en plazo más o menos lejano, pero siempre breve, dentro de la magnitud de los términos seculares de la Historia, llegará a dominar el mundo» (p. 36).
Debemos preguntarnos sobre cómo se hubiera desarrollado tanto el fortalecimiento de la organización del pueblo trabajador andaluz antes de 1936 como durante los meses de resistencia andaluza a la contrarrevolución, si se hubieran asimilado las tesis de Blas Infante. Aquí llegamos al «problema español» tal como se presentaba entonces, un problema que los políticos estatales ni quieren ni pueden resolver porque el político español es: «un animal inconsciente y ladrón que roba y pisotea al pueblo desgarrándole
con uñas rapaces, sin otros métodos pedagógicos y educadores que el libro del Código Penal y el arma de la Guardia Civil» (p. 58). El notario advirtió que «Los poderes de Madrid no harán nada por nosotros. Andalucía habrá de resolver, por sí misma, sus tremendos problemas. Por esto, si en nuestra mano estuviera la fuerza, estaría también la libertad, a la orden de Andalucía» (p. 82).
El Estado español, una «dictadura-medieval» (p. 83), no estaba capacitado para siquiera intentar una solución reformista al derecho de autodeterminación de los pueblos que oprimía, lo que le llevó a escribir en 1931: «si las Cortes Constituyentes no hacen caso de reivindicaciones políticas y económicas andaluzas, esta región proclamará la república
constituyente del Estado Andaluz» (p. 87).
Carlos Ríos nos aclara que el andalucismo revolucionario veía al «Estado español no como una institución neutral, sino como el instrumento de la oligarquía para sostener la opresión nacional de Andalucía. Una opresión que, fruto del proceso histórico que conformó el país andaluz, tenía y sigue teniendo hoy un claro componente de clase. Por ello entendían su proyecto de liberación nacional andaluza poniendo en el centro la explotación del pueblo trabajador andaluz y el proceso histórico que hizo esta explotación
posible» (p. 95).
Pero no se trataba sólo de la ayuda que el Estado español –«nación cadáver» (p. 79)–. no iba a prestar a Andalucía, lo cual sigue siendo totalmente cierto, sino que también se trataba de que Europa tampoco iba a ayudar al pueblo andaluz (p. 69) como ocurrió entonces y ocurre ahora. Basándose en esta certidumbre Blas Infante denunció el fraude de la II República: había prometido mucho y no cumplía nada de lo decisivo, y en 1932
amenazó: «Que mediten mucho los que tienen la obligación de poner remedio a lo que puede ocurrir […] defraudando a la enorme masa campesina de Andalucía» (p. 87). Lo meditaron muy bien y prepararon la contrarrevolución desde 1936 hasta 1978, según la definición burguesa de tiempo político.
¿Qué podemos aprender para situación actual de la visión infantiana de «quiebra», de crisis? Al menos cinco lecciones. La primera, saber qué cambios se han producido en las leyes tendenciales y en las contradicciones del capitalismo desde entonces hasta ahora en Andalucía y en general. Ahora, las «reformas democráticas» impuestas en 1978 han fortalecido la dominación nacional andaluza no sólo por el Estado español sino bajo un poder superior, más letal: la OTAN y el imperialismo occidental dirigido por EEUU. La
Guardia Civil de los años ’30 sigue como fuerza represiva pero más eficaz para atender a las necesidades del poder actual, lo mismo que el Código Penal de entonces, reformado y retocado para mejorar su esencia coercitiva. Siendo esto cierto, lo decisivo es que la crisis actual del capitalismo es cualitativamente más dañina que la de entonces, por lo que sus
fuerzas represivas también lo son. Por tanto cobran más valor aún las ideas infantiana de coherencia ética y moral, de rectitud política, sustentadoras de la militancia revolucionaria al estilo leninista que él siempre defendió. Debemos estudiar a la luz del presente sus referencias sobre el «altruismo revolucionario» (pp. 57 y ss.) y el análisis que hace Carlos Ríos sobre «suicidio revolucionario» de los Panteras Negras (pp. 62-64).
La segunda, ahora, sometidos al mandato dictatorial del imperialismo y de la OTAN, y más aún del capital financiero-especulativo que sobreexplota, saquea y arruina pueblos, ahora el derecho/necesidad de la independencia de clase es innegable. La ocupación militar de Andalucía, sus bases, sus empresas, sus dinámicas de sojuzgamiento social, etc., además de lo visto anteriormente, hacen que la defensa del derecho de autodeterminación en general, aun siendo básica (pp. 65 y ss.), se convierta en la concreta necesidad inexcusable de la independencia socialista: «Se precisa y es urgente la
Revolución, que venga a hacer discurrir la evolución histórico-social por estos
derroteros» (p. 111).
La tercera, Blas Infante estudió con rigor los avances de la revolución bolchevique y criticó aquello que le parecía limitado, erróneo y peligroso para el futuro. Entonces eran muy limitadas las experiencias históricas de transición al socialismo, sobre todo en las naciones oprimidas. En el poco más de un siglo transcurrido desde entonces, la praxis de transición al comunismo se ha enriquecido teóricamente incluso a pesar de las derrotas
sufridas. Pero todas las lecciones coinciden en la exigencia infantiana de avanzar en la colectivización de las fuerzas productivas realizada por el pueblo trabajador autoorganizado en movimientos, clubes, asambleas, círculos, etc., que Blas Infante impulsaba mirando al futuro, que extendieran la necesidad del trabajo consciente para aumentar la felicidad humana, no el trabajo explotador, alienador, que enriquece a una minoría. Como nos dice Carlos Ríos: «En la Andalucía libre por la que luchaba el de Casares, el trabajo sería una obligación para toda la población y no habría una minoría que viviese del trabajo de los demás» (p. 108).
No debemos entender la obligación de trabajar en el sentido burgués de coacción impuesta, sino en el sentido de consciente necesidad que se ejercita y se sustenta en las cinco medidas organizativas que Blas propone: el municipio como unidad democrática; elección y destitución popular de los representantes; referéndums populares; reducción progresiva del derecho de propiedad intelectual, y en sus palabras: «Crear un “trust gubernamental” de “empresas sociales-municipales”» (pp. 43-44).
La cuarta, por su propia naturaleza toda crisis grave del capital es a la vez mundial según cómo la ley del valor haya ido triturando la libertad humana en la medida en la que se extiende por el mundo triturando las resistencias de los pueblos que se le resisten. Infante era muy preciso al respecto: «Nosotros, por quienes Andalucía afirma de nuevo su conciencia y su genio […], hemos de unir nuestra voz imperceptible a la de los pueblos que claman» (p.67). El internacionalismo andalusí fue evolucionando al ritmo de la mundialización abandonando las referencias a «España» y a «Iberia» en sus primeros lemas para quedarse con el actual: «Andalucía por sí, por los pueblos y por la
Humanidad» (pp. 88-90). Aquél internacionalismo es hoy más necesario que nunca, pero llevado a problemas que no existían entonces.
Y la quinta, el andalucismo revolucionario hacía hincapié en la ética de la resistencia y en la necesidad de ejecutar a caciques y contrarrevolucionarios cuando llegar el momento pero atendiendo a criterios teóricos, políticos y éticos que delimitan el uso de la violencia justa: «[N]o temblaría nuestro pulso. Conscientes de lo que significa la Dictadura Pedagógica, nos complaceríamos en firmar, para defender la Vida, muchas sentencia de
muerte» (p. 61). En otros términos, hablamos del derecho y de la justicia socialista, arma vital contra la barbarie genocida de la civilización del capital en sí misma y en el presente.
Recuperar, desengrasar, afilar y emplear masivamente esta arma de libertad es ahora una prioridad ética y política.
Iñaki Gil de San Vicente.
EUSKAL HERRIA, 24 de abril de 2026.
Notas:
1 J. Carlos Ríos Martin: Blas Infante: Andalucía y revolución. Hojas Monfíes. Granada 2026, p.
2 J. Carlos Ríos Martin: Blas Infante: Andalucía y revolución. Hojas Monfíes. Granada 2026, p.
3 J. Carlos Ríos Martin: Blas Infante: Andalucía y revolución. Hojas Monfíes. Granada 2026, p.






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