Muere José Domínguez Muñoz ‘El Cabrero’, la voz más revolucionaria del flamenco (vídeos)

José Domínguez Muñoz, conocido universalmente como El Cabrero, ha fallecido este miércoles a los 81 años en el Hospital San Juan de Dios del Aljarafe, en Bormujos, donde permanecía ingresado tras el agravamiento de su estado de salud. El histórico cantaó flamenco, natural de Aznalcóllar, estaba retirado de los escenarios desde hacía siete años después de sufrir un ictus.

El Cabrero fue una de las figuras más singulares y reconocibles del flamenco contemporáneo. Su voz áspera, su personalidad indomable y sus letras de marcado contenido social y reivindicativo lo convirtieron en un símbolo para varias generaciones de aficionados, trascendiendo incluso el ámbito estrictamente flamenco.

Aunque desarrolló una extensa carrera artística, nunca abandonó la imagen ligada al campo y al pastoreo que terminó dando nombre a su figura artística. Durante décadas protagonizó recitales multitudinarios dentro y fuera de Andalucía y se convirtió en uno de los cantaores más contratados de su tiempo, despertando una enorme devoción entre seguidores.

Una voz ligada a la denuncia social

En lo que podría considerarse como una carrera fulgurante, la consolidación profesional de El Cabrero llegó a mediados de la década de 1970, cuando comenzaron a publicarse sus primeros trabajos discográficos ‘Así canta El Cabrero’ (Belter, 1975), ‘A esta tierra que es mi madre’ (Belter, 1976) o ‘Tierras duras’ (DB Belter, 1977), donde aparecen elementos que marcarían toda su carrera: crudeza expresiva, cante tradicional y letras de contenido social y reivindicativo.

Muchas de sus composiciones abordaron cuestiones relacionadas con las desigualdades sociales, la situación del campo, la colonización de Andalucía y la defensa de los trabajadores rurales. El Flamenco se convirtió para él en una herramienta de expresión crítica frente a determinadas estructuras políticas, económicas y culturales durante más de 45 años, dejando una discografía, compuesta por 25 trabajos discográficos en solitario, que cerraba con ‘Ni rienda, ni jierro encima’ (Atípicos Utópicos, 2018).

Especialmente reconocido por sus seguiriyas, tonás y fandangos, El Cabrero fue considerado uno de los grandes defensores de los estilos tradicionales del flamenco. Su forma de cantar, alejada de artificios, siempre estuvo marcada por la intensidad emocional y por una fuerte raíz clásica.

El timbre bronco y desgarrado de su voz terminó construyendo una personalidad interpretativa absolutamente reconocible. Su manera de abordar el cante jondo transmitía crudeza, emoción y una fuerte sensación de verdad artística.

Durante décadas actuó en festivales, teatros y peñas flamencas de toda España y Europa, participando tanto en eventos clásicos como en otros encuentros de world music — sin perder su identidad— y compartiendo espacio con Gilberto Gil, Chick Corea, Peter Gabriel, Jorge Cafrune o Alberto Cortéz, convirtiéndose en un nombre habitual de los grandes eventos flamencos andaluces. Su presencia en el escenario proyectaba la misma sobriedad y firmeza que mantuvo en su vida cotidiana.

Hace siete años sufrió un ictus que aceleró su retirada definitiva de los escenarios. Aquel problema de salud marcó el final de su actividad artística pública después de toda una vida dedicada al flamenco y al cante jondo. En el año 2020, dejó una de las noches para el recuerdo en el Festival de Jerez.

El símbolo de una manera de vivir

Más allá de su dimensión artística, El Cabrero terminó representando una actitud vital basada en la coherencia y la resistencia cultural. Su figura quedó asociada a una manera ética de entender el flamenco y también la propia existencia.

Quienes le conocieron destacaron siempre su personalidad reservada, su fuerte vínculo con la tierra y su rechazo a determinadas formas de notoriedad pública. Incluso en los años de mayor reconocimiento artístico mantuvo su relación con el pastoreo y con el entorno rural andaluz.

La naturaleza y la vida en el campo formaron parte esencial de su identidad personal. El contacto diario con los animales y con el paisaje rural moldeó un carácter independiente y poco dado a las concesiones públicas o mediáticas.

Esa fidelidad a sus convicciones reforzó con el paso del tiempo la dimensión casi legendaria de su figura dentro del flamenco. Muchos aficionados encontraron en él un artista ajeno a las modas y profundamente conectado con la verdad emocional del cante.

Su voz transmitió durante décadas emociones ligadas al dolor, la rabia, la dignidad y la libertad. Para varias generaciones de aficionados y cantaores, El Cabrero representó una de las expresiones más libres y auténticas del flamenco contemporáneo.

La noticia de su fallecimiento ha provocado numerosas reacciones, también en el panorama político marcado por la cita electoral de este domingo.

La muerte de José Domínguez Muñoz ‘El Cabrero’ cierra una trayectoria artística y humana marcada por la fidelidad a unos principios inalterables. Fue uno de los pocos fenómenos sociales flamencos, tan solo comparable con el de Camarón de la Isla. Su nombre queda unido para siempre a una forma de cantar y de vivir que convirtió la autenticidad en seña de identidad.

EL CABRERO, EL CANTAOR DE QUIENES NO TIENEN MÁS QUE SUS MANOS Y SU IMAGINACIÓN

Eduardo Izquierdo recrea en “Debo ser muy buena presa cuando tengo tantas escopetas apuntándome” la vida del desobediente cantaor de flamenco  .

Por Patxi Irurzun.

Se lo contó Kiko Veneno a Eduardo Izquierdo, el autor de “Debo ser muy buena presa cuando hay tantas escopetas apuntándome” (Lupercalia Ediciones)  durante una entrevista que este le realizaba para la revista musical Ruta 66: “Cuando llegó mi productor Joe Dworniak a Sevilla fui a buscarlo al aeropuerto y me dijo ‘Ahí hay un tío con un sombrero del oeste que estaba fumándose un cigarro y ¿sabes dónde lo ha apagado antes del embarque porque no tenía otro sitio? En la mano’. ‘Coño, ese es El Cabrero’, le contestó Kiko Veneno”. Ese es El Cabrero. Un cantaor con aspecto de Harry el Sucio (ropa negra, pañuelo rojo al cuello, sombrero de ala ancha),  un hijo de la sierra al que en los concursos de flamenco los señoritos no le perdonaban que tuviera las botas sucias de andar por las veredas, ni que se cagara en dios sobre los escenarios (de hecho, estuvo preso en 1982 por ello, o eso alegan); alguien que pudo haber sido tan grande como Camarón, pero al que el éxito le resulta incómodo, y viceversa, pues El Cabrero es desobediente como el viento de poniente, la oveja negra que se aparta del rebaño porque no se fía del amo ni del pastor; alguien a quien una de las revista de música más famosas del mundo busca para hacer una entrevista, pero él la declina, porque tiene que ayudar en el parto de una de sus cabras.

De eso va “Debo de ser buena presa cuando hay tantas escopetas apuntándome”, la biografía de ficción o novela biográfica en la que Eduardo Izquierdo ha mezclado episodios reales y conocidos de la vida de El Cabrero (que lo es realmente) con otros reconstruidos a partir de su leyenda popular. “Mi interés por El Cabrero me lo despierta mi abuelo, que es de Huelva y de hecho vive allí. Él me ponía sus discos y me contaba algunas historias que, al final y llenas de imaginación se han convertido en este libro”.

En la novela, un periodista musical de la edición americana de Rolling Stone se propone realizar un reportaje sobre El Cabrero, en quien ve la reencarnación de otro hombre de negro, Jhonny Cash.  “Yo es que creo que El Cabrero es un rockero en esencia y actitud. No un rockero de pose, sino de los de verdad. Por eso lo veo cercano a Johnny Cash. Es todo actitud y firmeza ante sus principios”, explica Izquierdo. Sin embargo, el  protagonista se encuentra con la oposición y la ignorancia de sus jefes de redacción, y de paso, en la novela se da buena cuenta de las miserias y grandezas del periodismo musical, que el autor conoce de primera mano. Paralelamente, vamos asistiendo a diversas secuencias en la vida de José Domínguez, El Cabrero (su niñez, sus detenciones, sus caminatas por el monte o a pie por carretera para ir a ver a los maestros del flamenco…) que nos perfilan la imagen de un hombre que, además de cantar como los ángeles, y también como los ángeles caídos, y de hacerlo cantando siempre a los de abajo y a la izquierda, a los campesinos, a quienes no tienen otra cosa que sus manos y su imaginación, transpira por cada poro de su piel autenticidad, valor, inteligencia en estado puro, libertad… El libro tiene algo de puzle, es fragmentario, pero Izquierdo es claro desde la primera página, reconoce las ‘debilidades’ de la novela en el primer prólogo o salía:  “Quise que cada capítulo estuviera escrito con un estilo diferente a los demás. Es evidente, además, que no sé de flamenco, pero es que muy poca gente sabe de ello. Intenté informarme un poco pero al final es que la esencia de la novela no es ese estilo de música, sino el personaje”. En realidad Izquierdo sabe más de flamenco de lo que dice y los puntos flacos del libro son los que lo hacen fuerte, los que engordan esa personalidad juguetona y revoltosa de El Cabrero. La misma que quizás le ha privado de ser una estrella mediática: “Creo que los rebeldes están muy bien como teoría, pero si lo son de verdad empiezan a tocar las narices a mucha gente que no comulga con ellos. Cuando pasan de ser una simple broma a ser “peligrosos” ya no hacen tanta gracia y aparecen las protecciones en forma de vetos, malos artículos en prensa, desprecios, etc.” dice Eduardo Izquierdo. “El Cabrero ha sido demasiado juzgado y casi siempre por cosas no musicales. Eso, sin duda, le ha perjudicado mucho, aunque creo que él es feliz con lo que tiene. Desde luego hacer lo que ha hecho y como lo ha hecho debe provocar que al mirarte cada mañana al espejo te sientas muy satisfecho de ti mismo”. A El Cabrero, pues, no lo detuvieron por cagarse en Dios, ni le privaron de premios por llevar las botas sucias, o sí, lo hicieron por no cantar, únicamente, sino por también quejarse, por revolverse, por poner voz a los que las botas limpias pisan la garganta. La luz que alumbra a El Cabrero no es la de los focos, sino la de las estrellas en la sierra. Y curiosamente, la novela de Eduardo Izquierdo corrió una suerte parecida a la del malogrado reportaje del protagonista de la misma: “Te contaré algo que acaba de definir como es El Cabrero. ¿Tú qué harías si alguien te enviara un libro basado en tu persona? Creo que el 99% de las personas correría a leerlo. Él no lo hizo. Cuando le llegó el libro, Elena, su pareja, me iba diciendo que tenía que esperar. Yo no entendía muy bien por qué hasta que un día me dijo: ‘Es que José cada día sale con las cabras y vuelve muy tarde, pero mañana parece que va a llover y no creo que salga, así que será un buen momento para leérselo’ (porque el libro, por otra parte no lo ha leído él, se lo ha leído Elena, que es casi más bonito). Ese es El Cabrero. Alguien con unos principios inquebrantables”.

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