La realidad del papel turco durante la agresión contra Irán

Turquía, que ha perdido el lugar que se le había prometido en la región árabe, con la excepción de una presencia menor en el norte de Siria, el oeste de Libia y Somalia, buscará desempeñar un papel de liderazgo en Asia Central.

En un momento en que la región de Medio Oriente y el mundo entero atraviesan transformaciones profundas en su tránsito de un sistema unipolar hacia un orden multipolar, y cuando las potencias euroasiáticas —entre ellas China y Rusia— abogan por forjar papeles internacionales que constituyan una alternativa a las relaciones internacionales edificadas durante tres siglos sobre la hegemonía occidental, Turquía se encuentra en una encrucijada, en busca de un papel propio dentro de este mundo convulso.

El neo-otomanismo como puente de acceso turco al mundo árabe
Tras la proclamación de la República Turca en 1924, las élites turcas volvieron la espalda al legado islámico y a la región de Medio Oriente y Asia Central, y dirigieron su mirada hacia Europa con el propósito de integrarse en ella.

Sin embargo, tras décadas de intentos fallidos —y ante el rechazo europeo a incorporar a Turquía en su seno por considerarla un Estado de identidad musulmana—, esas élites se vieron obligadas a reformular su papel y reorientarse de nuevo hacia Medio Oriente y Asia Central.

El período de Adnan Menderes y Celal Bayar en los años 50 del siglo pasado constituyó el primer intento de aproximación a Medio Oriente, aunque aquella experiencia concluyó con el golpe de Estado contra Menderes y su ejecución en 1960.

Durante los años ochenta y principios de los noventa, la era de Turgut Özal como primer ministro y después como presidente de la República (1983-1993) representó el impulso hacia Asia Central, inspirado por Washington con el objeto de desestabilizar a la Unión Soviética y extender la influencia occidental hacia las repúblicas de aquella región. No obstante, esa tentativa también encontró su fin con la muerte de Özal en 1993.

A lo largo de los años 90, Estados Unidos comenzó a percibir la amenaza que el acercamiento chino-ruso-iraní suponía para sus intereses, lo cual le llevó a valerse de los atentados del 11 de septiembre de 2001 como pretexto para ocupar Afganistán y golpear después a Irak, con el fin de reconfigurar el mapa geopolítico de Medio Oriente.

Con el propósito de impedir que Irán se convirtiera en un puente entre China y el Mediterráneo oriental, los círculos de decisión estadounidenses, junto con las dirigencias políticas árabes vinculadas a ellos, enarbolaron el lema de la contención de la expansión chiita iraní mediante la constitución de una alianza entre tres capitales sunitas: Ankara, Riad y El Cairo.

Para alcanzar ese objetivo, Estados Unidos procuró atraer al islam político —en particular a los Hermanos Musulmanes— y entregarles el poder en Ankara bajo la denominación de neo-otomanismo, de modo que ello sirviera de preludio a su ascenso al gobierno en Egipto y, posteriormente, en Arabia Saudita y otros países árabes, con la intención de que un único partido —el de los Hermanos Musulmanes— aglutinara esas capitales en torno a un discurso que trascendiera la dimensión nacionalista para abrazar la dimensión religiosa confesional.

Sin embargo, el fracaso de los Hermanos Musulmanes en su intento de consolidar el poder en Egipto (2012-2013), y su posterior incapacidad para erigirse en alternativa a la casa real saudita en Riad y en otras capitales árabes, disipó los sueños de Turquía de convertirse en el polo hegemónico de la región árabe.

«Israel» recupera el liderazgo por encargo de Washington

A raíz de ese fracaso, los círculos decisorios estadounidenses resolvieron rehabilitar a los regímenes árabes existentes, otorgando al mismo tiempo la primacía a «Israel» en la conducción del proyecto de reconfiguración geopolítica regional. Así, el lema del neo-otomanismo cedió su lugar al de las identidades abrahámicas.

En aplicación de ese proyecto, «Israel» perpetró una guerra de exterminio contra Gaza durante dos años, a la que siguieron golpes contra la resistencia de Líbano (Hizbullah) y el derrocamiento del Estado sirio en connivencia con Turquía, Reino Unido y Estados Unidos.

Posteriormente, «Israel» proclamó abiertamente su determinación de establecer el «Gran Israel» mediante la fragmentación de Siria en entidades confesionales, al tiempo que en los pasillos se hablaba de su intención de ocupar el sur de Líbano hasta el río Litani, de anexionar ciertos distritos del Valle de la Bekaa y del norte libanés al Estado sirio, y de crear un cantón cristiano en el norte del monte Líbano.

Frente a todo ello, la cuota asignada a Turquía se limitó a una porción del norte de Siria, lo que puso de manifiesto el desplazamiento del papel turco desde un papel protagónico hacia uno de carácter secundario en la región.

La caída de Siria constituyó el preludio de los golpes propinados en las profundidades rusas, que se materializaron en la primavera de 2025; además, esa caída fue la que allanó el camino para el ataque contra Irán en 2025, con el propósito de derribar su sistema y fragmentarla mediante el apoyo a los movimientos separatistas en su interior.

Tras el fracaso de aquel ataque en junio de 2025, Estados Unidos e «Israel» lo intentaron de nuevo dos meses después, pero volvieron a fracasar.

Durante la agresión israelí-estadounidense contra Irán, se advirtió la ambigüedad del papel turco, en paralelo con el hecho de que su aliada Azerbaiyán facilitara instalaciones a las fuerzas estadounidenses e israelíes para prestar apoyo logístico a grupos separatistas en el noroeste de Irán, concretamente en las regiones de Azerbaiyán oriental y occidental, Mahabad y Kermanshah.

Todo ello apuntó a una participación turca tácita en la agresión contra Irán, a pesar de los esfuerzos iraníes por contener a Turquía durante el conflicto.

No obstante, parece que los círculos estadounidenses decidieron compensar a Turquía por la pérdida de su papel prometido en la región árabe, habilitándola para asumir un papel hegemónico en Asia Central.

En este contexto, resulta indispensable prestar atención a lo ocurrido en los últimos años en lo tocante al golpe operado en Armenia, que dejó a Ereván bajo tutela estadounidense, en ruptura con la orientación histórica de esa capital en su relación estrecha con Moscú.

A lo largo de los dos últimos años, Ereván cedió la región de Artsaj a Azerbaiyán como preludio a la firma de un acuerdo con ella para la apertura del corredor de Zangezur bajo patrocinio estadounidense, de manera que se convirtiese en un puente de tránsito turco a través del sur del Cáucaso hacia la República de Turkmenistán, con vistas a desestabilizar la región de Asia Central, amenazar así la seguridad nacional rusa y china, y asestar un golpe a uno de los ramales principales de la iniciativa china de la Franja y la Ruta.

Perspectivas de futuro

En consecuencia, Turquía se perfila como beneficiaria del ataque contra Irán, pese al discurso de hostilidad mantenido públicamente entre Ankara y «Tel Aviv».

Turquía, que perdió el papel que se le prometió en la región árabe —salvo una presencia secundaria en el norte de Siria, el oeste de Libia y Somalia—, pugna por desempeñar un papel hegemónico en Asia Central que sirva a los intereses estadounidenses de penetración en aquella región y de debilitamiento de Rusia y China en su flanco más vulnerable.

Entre los requisitos de la preparación turca para un proyecto de esa envergadura podría figurar un cambio en el poder en Turquía.

Recep Tayyip Erdoğan, cuyo discurso resultó útil para tender un puente con el mundo árabe a través del legado islámico compartido, quizá no sea el perfil adecuado para encarnar un discurso de corte nacionalista que sirva de puente entre Turquía y las repúblicas de Asia Central de raíces turcas comunes.

Lo que eleva la probabilidad de un cambio de poder en Ankara con beneplácito estadounidense es, por un lado, la avanzada edad de Erdoğan, y por otro, la pugna que se libra dentro de su círculo más íntimo entre su yerno Selçuk Bayraktar, su ministro de Asuntos Exteriores Hakan Fidan y su hijo Necmettin Bilal Erdoğan por la sucesión en el poder.

De ahí que la rehabilitación de la oposición turca de discurso nacionalista pueda resultar más congruente con los planes estadounidenses trazados para Turquía en la próxima etapa, en lo que respecta a su desempeño de un papel hegemónico en Asia Central.

Por Shaher Al Shaher.

Fuente: Haize Gorriak.

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