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No es una tradición de siglos: la Semana Santa actual la inventó el Franquismo

Queipo de Llano y otros militares golpistas presidiendo la procesión del Jesús del Gran Poder.

La imagen de las procesiones de Semana Santa —pasos solemnes, túnicas, incienso y silencio— suele venderse como una tradición inmutable, heredada directamente de siglos de religiosidad popular.

Sin embargo, la historia de las cofradías revela un recorrido mucho más complejo, en el que la exaltación de la fe católica en el espacio público ha ido siempre de la mano del refuerzo de los poderes más reaccionarios.

El auge actual de la Semana Santa no puede entenderse sin atender a dos grandes impulsos reflejo de todo esto: la Contrarreforma de los siglos XVI y XVII y, siglos más tarde, la intervención decisiva del régimen franquista.

Las primeras cofradías surgieron en la Edad Media entre los siglos XI y XIII como asociaciones de fieles laicos, normalmente ligadas a determinados oficios o gremios y con fines piadosos y asistenciales. Se organizaban para dar sepultura a los muertos, asistir a los enfermos o practicar la caridad.

Fue a partir del Concilio de Trento (1545–1563), en plena Contrarreforma católica, cuando estas hermandades adquirieron un papel central en la vida religiosa. La Iglesia Católica, en su lucha contra el protestantismo, apostó por una religiosidad visible, emocional y colectiva. Las procesiones, los pasos escultóricos y los rituales públicos se convirtieron en herramientas pedagógicas para reforzar la fe y la ortodoxia.

Durante los siglos XVI y XVII, las cofradías vivieron una primera edad de oro. Se multiplicaron en ciudades y pueblos. La espectacularidad barroca de las procesiones no era solo expresión de devoción, sino también un instrumento de cohesión social y afirmación del orden establecido.

Los vinculos con otras instituciones reaccionarias como la Inquisición eran públicos y notorios. Fue en estos siglos en los que comenzó a extenderse el uso de capirote, ese siniestro cubrecabezas de los nazarenos o penitentes, inspirado en los conos que se colocaban a los condenados por el Santo Oficio junto al mandil con su pecado inscrito, el famoso «sanbenito».

Con el paso del tiempo, sin embargo, muchas de estas hermandades entraron en decadencia al calor de la expansión de las corrientes liberales y secularizadoras. Esto no fue automático, los sectores defensores del Antiguo Régimen convirtieron su defensa en una causa para oponerse a los nuevos aires.

Aún así, las desamortizaciones del siglo XIX, la secularización progresiva y los cambios sociales debilitaron su influencia. La expansión del movimiento obrero, las ideas socialistas y anarquistas permitieron que millones de trabajadores y campesinos dieran la espalda a esta religiosidad asociada con la defensa del orden establecido y los sectores más involucionistes de las clases dirigentes.

A comienzos del siglo XX, la Semana Santa, languidecía y sobre todo distaba de la magnitud que hoy conocemos. Durante la II República y la revolución social del 36 el retroceso fue casi total en muchas ciudades y pueblos, despareciendo la mayor parte de ellas.

El régimen franquista convirtió la defensa de las cofradías y la exaltación religiosa en bandera de su Cruzada Nacional. El nacionalcatolicismo, encontró en las cofradías y en la Semana Santa un vehículo idóneo para reconstruir una identidad nacional basada en la tradición, la religión y el orden. Muchas hermandades fueron refundadas o reorganizadas bajo el amparo de las nuevas autoridades, y se promovió activamente la participación ciudadana en las procesiones.

Lejos de ser una simple recuperación de tradiciones, el Franquismo impulsó una reinterpretación de la Semana Santa. Las procesiones se convirtieron en actos de afirmación ideológica, donde la religiosidad popular se mezclaba con símbolos del régimen. La presencia de autoridades civiles y militares, la cobertura mediática y el apoyo institucional consolidaron un modelo que perdura hasta hoy, cuando seguimos viendo guaridas civiles, legionarios y Grandes de España participando en las procesiones o asistiendo como público en butacas VIP.

Este fenómeno no fue casual ni aislado. Al igual que la Contrarreforma en los siglos XVI y XVII utilizó las cofradías como herramienta para reforzar la ortodoxia católica frente a la disidencia, el Franquismo las empleó para legitimar su proyecto político y social. En ambos casos, la religiosidad colectiva fue promovida desde el poder como forma de cohesión y control.

Cuando hoy se habla de una Semana Santa con siglos de historia, se oculta que más de la mitad de las cofradías actuales fueron fundadas en los años 40 y 50 y que las que tienen orígenes en los siglos XVI o XVII estaban en casi total bancarrota y vaciadas a las altura de 1939. La Semana Santa que hoy conocemos es un resto de una creación franquista.

Por Sergio Linares.

Fuente: Izquierda Diario.

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