La multipolaridad no es solo geopolítica; se trata, ante todo, de una lucha de clase internacional 

Los presidentes Putin y Xi Jinping. (The Guardian)

Hoy en día, personas de todo el espectro político y de todos los sectores de la sociedad hablan de la multipolaridad. La discusión ya no se limita a diplomáticos y académicos; también tiene lugar en movimientos políticos, canales de YouTube, blogs y secciones de comentarios en internet. La gente habla de ello porque reconoce que las dinámicas del poder mundial están cambiando rápidamente. Reconoce que el poder de Estados Unidos está disminuyendo.

¿Cómo explicar, si no, que China haya desafiado recientemente el sistema de sanciones estadounidenses cuando su Ministerio de Comercio ordenó a empresas y ciudadanos chinos ignorar las sanciones de EE. UU. dirigidas contra refinerías chinas que importan petróleo iraní? China es ahora lo suficientemente fuerte como para ignorar esas sanciones, y Washington no puede hacer mucho al respecto. Las cosas han cambiado.

Pero ¿qué es exactamente la multipolaridad?

El Diccionario Cambridge define la multipolaridad en las relaciones internacionales como «la cualidad o el hecho de que varios países o regiones posean poder». Esto contrasta con una situación en la que un solo Estado monopoliza el poder en la arena internacional, como intentó hacer Estados Unidos tras la destrucción de la URSS en 1991.

Este acontecimiento histórico ya sugiere que aquí está en juego algo más que la geopolítica. La URSS no era una potencia capitalista competidora, y mucho menos imperialista. Era un gran Estado socialista, es decir, un Estado cuyo poder se basaba en la clase trabajadora y que sentaba las bases para un futuro poscapitalista. Como tal, la URSS constituía el mayor obstáculo para la dominación imperialista estadounidense.

¿Y por qué era tan fuerte el imperialismo estadounidense?

Con sus competidores capitalistas de Europa Occidental y Japón devastados por la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos emergió como la potencia capitalista dominante en la posguerra, con una presencia militar global enorme y en constante expansión. Al igual que Gran Bretaña antes, Estados Unidos se convirtió en la fábrica del mundo, dominando industrias clave como la automovilística. Su posición monopolística le proporcionó ganancias extraordinarias. En el período de posguerra, Wall Street sustituyó a Londres como centro financiero mundial.

Europa Occidental, Canadá, Australia, Nueva Zelanda y Japón aceptaron el liderazgo estadounidense, aunque continuaron siendo potencias imperialistas. Se convirtieron en socios menores: seguían siendo competidores, pero subordinados dentro de una jerarquía establecida.
Durante toda la posguerra, Estados Unidos acumuló un enorme poder.

Si la URSS no hubiera estado presente para contener al imperialismo estadounidense, el llamado «momento unipolar» de Estados Unidos podría haber llegado mucho antes, con consecuencias desastrosas para gran parte de la humanidad. La destrucción de la URSS fue, por tanto, un acontecimiento contrarrevolucionario de alcance mundial que abrió el camino a una ofensiva imperialista liderada por Estados Unidos. Esa es la esencia del período unipolar posterior a 1991.

Durante ese período, Washington lanzó numerosas guerras, especialmente en Asia Occidental, pero también utilizó cada vez más sanciones y estrangulamiento económico para castigar a cualquier país que no estuviera dispuesto a someterse al saqueo de las corporaciones y bancos estadounidenses. Utilizó el sistema financiero internacional bajo su control para imponer austeridad —recortes del gasto social—, especialmente en el Sur Global y en los antiguos países socialistas europeos.

Washington y sus socios menores también impusieron austeridad dentro de sus propias fronteras. Los ejemplos más notorios fueron las políticas de Reagan en Estados Unidos y Thatcher en Gran Bretaña.

Aquello constituyó una ofensiva histórica de la clase capitalista contra la clase trabajadora. Las élites recuperaron muchas de las conquistas obtenidas por los trabajadores y los pueblos oprimidos. Esa ofensiva continúa hoy en día. Existe una línea directa entre el reaganismo y los impopulares recortes impulsados por Elon Musk a través de DOGE.

Por lo tanto, la cuestión no es simplemente un cambio en la distribución del poder entre Estados, sino qué fuerzas de clase están configurando la situación mundial. El imperialismo estadounidense representa los intereses de la clase monopolista-capitalista (como los multimillonarios que acompañaron a Trump a Pekín). Frente a ella se encuentran las fuerzas de la clase trabajadora y de los pueblos oprimidos, es decir, los movimientos por el socialismo y la liberación nacional.

Para comprender la multipolaridad y la unipolaridad, necesitamos una perspectiva de clase, no solo geopolítica.

La derrota de Estados Unidos en Irán demuestra y acelera el declive imperialista

Quizás lo más significativo del viaje de Trump a China es que mostró hasta qué punto ha disminuido la posición internacional de Estados Unidos y cuánto ha aumentado la de China. Esta tendencia ya existía antes de que Trump y Netanyahu lanzaran la guerra actual contra Irán el 28 de febrero, pero el conflicto la aceleró.

Ha habido un debilitamiento de los mecanismos mediante los cuales el imperialismo estadounidense ha dominado el mundo desde la desaparición de la URSS, y el propio bloque imperialista empieza a reconocer esa derrota.

El 10 de mayo, Robert Kagan —uno de los arquitectos neoconservadores de la guerra de Irak— escribió en The Atlantic que Irán había derrotado a Estados Unidos. Puede parecer una admisión sorprendente viniendo de alguien como Kagan, pero las pruebas son difíciles de ignorar.

A finales de abril, medios estadounidenses como The Washington Post y NBC comenzaron a informar sobre los daños generalizados sufridos por la infraestructura del imperialismo estadounidense en Asia Occidental. Al menos 16 bases militares estadounidenses resultaron dañadas en ocho países, especialmente en las monarquías petroleras del Golfo apoyadas por Washington. Estas representan la mayoría de las bases estadounidenses en la región.

Las instalaciones militares israelíes también fueron atacadas repetidamente. Debido a la estricta censura, es difícil determinar el alcance real de los daños en Israel, pero las fuerzas sionistas enfrentan una fuerte resistencia de Hezbolá en Líbano, que utiliza cada vez más drones para destruir tanques y otros recursos militares israelíes.

Mientras tanto, el cierre parcial del estrecho de Ormuz, consecuencia de los ataques estadounidenses e israelíes contra Irán, ha desestabilizado las cadenas de suministro globales y ha aumentado el riesgo de recesión mundial. Los precios del petróleo, el gas, el diésel, los fertilizantes y el helio han subido, incluso en Estados Unidos. Los trabajadores pagan más por alimentos y otros bienes. La clase dominante siempre traslada las cargas de las crisis del sistema capitalista a la clase trabajadora.

Las revoluciones del siglo XX sentaron las bases

Ya hemos visto cómo la URSS contuvo al imperialismo estadounidense durante la posguerra. Era el Estado socialista más grande y poderoso, pero no estaba solo.

Una enorme ola de movimientos socialistas y de liberación nacional hizo retroceder al imperialismo estadounidense. Esa misma ola revolucionaria permitió la aparición de los países del Sur Global que hoy organizan relaciones comerciales y financieras fuera del control estadounidense.

El poder industrial de China es resultado de la revolución socialista de 1949. La Revolución Islámica iraní de 1979 también formó parte de esa ola, al igual que las tradiciones de resistencia en Palestina, Yemen y Líbano. Son estas fuerzas las que actualmente desafían militarmente al imperialismo estadounidense.

La declaración chino-rusa sobre la multipolaridad hace referencia a esta historia:

«Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, el panorama internacional y el equilibrio de poder han evolucionado a un ritmo acelerado.

Por una parte, la ola de descolonización y el fin de la Guerra Fría han dado lugar a un aumento significativo del número de Estados soberanos en todo el mundo, una comunidad internacional más diversa y compleja, un salto en el nivel de desarrollo y en la influencia internacional de los países de Asia, África, Oriente Medio, América Latina y el Caribe, y un crecimiento de organizaciones regionales e interregionales en ámbitos como la política internacional, la seguridad y la cooperación económica y cultural.

Su papel en los asuntos mundiales continúa creciendo. La conectividad y la interdependencia globales han alcanzado niveles sin precedentes en la historia humana. La manipulación imprudente de los asuntos internacionales por parte de ciertos países, la imposición de sus intereses al resto del mundo mediante una mentalidad colonial y las restricciones al desarrollo de otros Estados soberanos han fracasado por completo.»

En resumen, fueron las revoluciones del siglo XX —comenzando con la Revolución Bolchevique de 1917 y acelerándose tras la Segunda Guerra Mundial— las que sentaron las bases para una transformación multipolar del mundo.

Los pueblos chino, coreano, vietnamita y otros se levantaron bajo el liderazgo de sus respectivos partidos comunistas y lograron la victoria, rompiendo con la dominación colonial. Tras la derrota del nazismo, Europa Oriental y parte de Europa Central se incorporaron al campo socialista. Estos países apoyaron materialmente las luchas de liberación en Asia, África y América Latina.

Se iniciaron guerras de independencia nacional desde Argelia hasta Mozambique. En la década de 1950, muchos países que no experimentaron revoluciones socialistas completas comenzaron igualmente a romper con el imperialismo. Movimientos populares llevaron al poder a dirigentes que comprendieron que debían liberarse de la dominación extranjera para desarrollar sus países y garantizar servicios básicos como salud y educación.

Un momento decisivo fue la Conferencia de Bandung de 1955 en Indonesia, la primera reunión intercontinental de líderes de África y Asia. Bandung demostró que los pueblos colonizados y anteriormente colonizados podían unirse y hacerse escuchar en la escena internacional.

Cabe señalar que uno de los principales objetivos de estos movimientos nacionales-populares era poner los recursos naturales —como el petróleo y el gas— bajo control nacional, en lugar de dejarlo en manos del capital británico o francés. La lucha por la soberanía sobre los recursos continúa hoy y constituye una de las principales causas de la agresión estadounidense contra Irán.

Durante el período posterior a la Segunda Guerra Mundial, la tendencia dominante en el mundo fue la revolución socialista y la liberación nacional. Eso fue lo que quebró el sistema colonial. Eso fue lo que hizo posible la actual trayectoria multipolar.

Y esta historia nos muestra lo que sigue siendo necesario hoy: lucha organizada y revolución. Solo eso puede acabar con el sistema imperialista.

Gregory E. Williams.

Fuente: @albagranadanorthafrica.

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